Luis Valero en la puerta de su mercería en la calle de sa Xeringa. | Toni Planells

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Preguntar por una mercería en Ibiza es evocar al apellido de Luis Valero (Aguas de Busot, Alicante, 1946). En pleno carrer de sa Xeringa, Luis tiene su mercería, Valero, en la que viene desarrollando su oficio de mercero desde mediados de los años 80. «Venir aquí es como entrar a la cueva de Alí Babá». así define la tienda una de las clientas de esta, una de las últimas mercerías de la isla.

— ¿Desde cuándo se dedica usted a la mercería?
— A la mercería, concretamente me dedico desde el 85 o el 86, cuando me vine a Ibiza y monté esta tienda.

— ¿A qué se dedicaba usted antes de venir a Ibiza?
— Al comercio. A los 12 años ya trabajaba en un comercio de los de toda la vida, en Establecimiento Manolo. Allí, en Alicante, se vendía de todo. Desde productos de mercería, droguería, perfumería, plásticos y cualquier cosa. Hasta ropa interior. Trabajé en ese establecimiento más de 12 años hasta que me metí en una fábrica de hilaturas, ‘La Gitana’, que estaba en Alcoi. Allí trabajábamos más de 50 personas: el jefe, que se llamaba Joaquín Cortés, su primo, el empaquetador y yo éramos los únicos hombres de la fábrica. El resto eran mujeres que estaban en la fábrica.

— ¿Por qué decidió dejar la fábrica?
— Me convenció un cliente muy potente que teníamos en la fábrica. Se llamaba Antonio Mateos y, solo con sus pedidos, ya se podía pagar a todo el personal. Éramos muy amigos y me apreciaba muchísimo. Tanto que un día me dijo que estaba perdiendo dinero trabajando allí. Que como Alicante estaba saturado de mercerías no valía la pena montar allí una, así que me propuso otros dos lugares en los que podía montar una. Uno era Bilbao y el otro era Ibiza. Al final me decidí por Ibiza, que ya la conocía porque tenía aquí familia y venía algún verano de visita.

— ¿Fue difícil comenzar en Ibiza desde cero?
— Mi amigo Antonio me ayudó mucho a la hora de buscar un local y montar la tienda. Tuve que vender el piso que tenía en Alicante y me pasé ocho años durmiendo en el local de la mercería para poder ahorrarme un alquiler. Comía en restaurantes de los alrededores, en el restaurante Antonio, en el Brodis...

— ¿Le valió la pena el esfuerzo?
— Sí, claro. Con los años, aunque no me pude comprar el local en el que tengo la mercería, sí me compré el de la esquina, donde está mi hijo, Luis, que ya es todo un experto mercero también. También me pude comprar un piso y más cosas. Así que no puedo quejarme.

— ¿Cómo definiría su oficio?
— Se trata de un negocio muy esclavo. Cualquier otro tipo de negocio es más fácil: sota, caballo y rey. Pero aquí hay que conocer bien el oficio desde el principio y hacer una gran inversión para comenzar. Aquí, cuando entra una clienta con una tela, nosotros ya sabemos cuál es el botón que le va a ir mejor. Cada hilo también tiene su color y su grosor. Vendría a ser como en una ferretería: hay que tener muy claro todo el material que se tiene y sobre todo su función a la hora de atender a la clientela de manera efectiva. Además, también está la parte más trabajosa, por ejemplo [señala las cajas en las que guarda los miles de botones que tiene en su mercería, con una muestra de cada uno cosida en uno de sus lados] imagínate coser todos esos botones a las cajas.

— ¿Los cose usted mismo?
— Estos los ha cosido María José, que trabaja conmigo desde hace 35 años. Tendrías que haberla visto, al principio apenas sabía distinguir qué botón le iba a qué tela. Ahora mismo es una auténtica máquina.

— ¿Piensa en jubilarse?
— La verdad es que no. Me sigo encontrando bien de salud, así que aquí sigo. Uno de los hijos de mi amigo Antonio (el que me convenció para dejar la fábrica y venir a Ibiza) es médico. Hace muchos años me aconsejó que me hiciera, por lo menos, un chequeo anual. La verdad es que hasta el momento no le he hecho ningún caso y de eso hace ya 40 años. Pero es que ni siquiera tengo historial médico. Nunca me he cogido un día de baja desde que trabajo. No te negaré que haya estado constipado en alguna ocasión, pero no he dejado de trabajar nunca.

— Tantos años trabajando, habrá visto cómo cambiaba la Ibiza a la que llegó.
— Han cambiado mucho los comercios de la zona, sí. Antes eran más de carácter vecinal (Can Burgos, la paquetería Sansano...) y ahora son todo negocios más modernos y enfocados al turismo. Lo que no ha cambiado nada es la mercería. Está exactamente de la misma manera que cuando la abrí. También hay que reconocer que la pandemia ha afectado mucho en el ambiente de la zona.

— Seguro que puede contar mil anécdotas.
— Por supuesto. En una ocasión una clienta me pidió probarse unas bragas aquí mismo, delante de mí. En otra ocasión, Vicky Berrocal entró y vio unos flecos que le gustaron. Al principio se lo puso por encima de los vaqueros y me preguntó que qué tal. Yo le dije que sin pantalones le sentaría mejor y, sin ningún pudor, se bajó los pantalones, se probó el fleco y me dio la razón.

— ¿Ha tenido muchos clientes famosos?
— Sí, aunque a muchos no los conozco, han venido a la tienda gente como la prima del rey, Tessa de Baviera, el bailarín Joaquín Cortés. Christine Spengler, que es una fotógrafa de muchos otros clientes. También venían mucho los de Locomía, que compraban las hombreras a montones. Como si fueran churros. Eran muy buenos clientes, se llevaban toda clase de artículos. Piensa que se hacían la ropa ellos mismos.