Javier, en su puesto en Cala Pada.  | Toni Planells

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Javier Colomar (Ibiza, 1992) trabaja durante la temporada de verano en Cala Pada junto a su padre, Pep. Allí alquilan elementos náuticos a pie de playa y ofrecen paseos adrenalínicos en las populares bananas o alfombras, arrastradas por su lancha, que también ofrece experiencias de esquí náutico.

— ¿Desde cuándo trabaja en Cala Pada?
— Hace unos 15 años. Ahora estoy a punto de cumplir los 30, así que se podría decir que llevo media vida. Es un trabajo que me gusta. Obviamente, si no no llevaría tantos años. No me busques trabajando en una oficina [ríe].

— ¿De dónde le viene este oficio?
— De mi padre, Pep. Él lleva en este negocio toda la vida. Así que ya te puedes imaginar que desde bien pequeño ya me pasaba los veranos aquí mismo echándole una mano en lo que podía a mi padre. Reconozco que, un poco, sí que era un privilegiado. Tenía acceso a los catamaranes o los óptimist que teníamos en esos tiempos para alquilar. Siempre estaba embarcado en alguno de ellos. Con los años he pasado de mi afición a la vela a la del motor. Algo más deportivo, más rápido como las motos de agua, lanchas o esquí. También tenemos pádel o kayak, pero esto es más de relax. A mí me va más la adrenalina.

— ¿Más allá del mar?
— Sí, soy muy aficionado a las motos. Me gusta mucho el motocross y solía practicarlo, pero la falta de circuitos ha hecho que lo deje un poco de lado. Lo que hago ahora es ir a circuitos de velocidad. Lo alquilamos entre unos cuantos colegas y rodamos allí unos días. Tengo un par de motos, una Yamaha R6 y, mi favorita, una Aprilia de 250cc de dos tiempos. Una clásica deportiva, es muy deportiva.

— Es usted de Ibiza, ¿verdad?
— Sí. Bueno, medio empeltat [ríe], mi madre, María, es de un pueblito muy pequeño de Zamora, Coreses. No le gustaba el pueblo tan pequeño, así que con 16 años cogió las maletas y se plantó en Ibiza sin decirle nada a nadie hasta que ya había llegado. Aquí estaba su hermano, Gero, y ya no volvió a irse. Mi padre es Pep de Can Creu. Tengo un hermano, Rubén, y mi hermana medio alemana, Natascha, pero el único que le ha interesado este mundo es a mí.

— Dentro del mundo del mar, ¿también es pescador?
— Sí, pero se me da mejor la pesca submarina que con caña. Soy un negado con ella, ¡y mira que tengo paciencia! pero no hay manera de que me piquen. Por mucho que vaya con amigos que se les da bien y me recomiendan, estoy todo el día allí sin pescar nada, debo tener una maldición o algo. Eso sí, con la pistola es otra cosa.

— ¿Pesca con frecuencia?
— En verano no. Aparte de que estoy aquí trabajando y tengo menos tiempo para la pesca lo mejor es practicarla en los meses que llevan ‘r’. Es lo que siempre me han dicho. Si te fijas, el primer mes con ‘r’ tras el verano es septiembre, y el día uno es el de la locura del raor.

— ¿Se apunta usted a ese día?
— No. Ya te digo que si no es con la pistola, soy un auténtico negado. Yo me apunto a la hora de comérmelos.

— En estos años, a pie de playa, tendrá mil anécdotas que contar.
— No te creas. Cala Pada es una playa muy tranquila y familiar y no pasan grandes animaladas. Una vez tuvimos un susto con alguien que había montado en la banana. Iba con toda su familia y, de repente, se puso a temblar de una manera muy extraña. Le estaba dando un ataque epiléptico, pero a su familia no parecía afectarle demasiado. Por lo visto le sucedía de manera muy frecuente y se le pasaba enseguida. La verdad es que, aparte de la concesión, hasta hace dos años que han puesto socorrista, nos ocupábamos también un poco de la seguridad en la playa. De hecho, hace unos años mi padre salvó a un bebé que le había dado un golpe de calor. Se ahogó, pero de calor. Los padres lo tenían muy vestido en pleno verano y dejó de respirar. Mi padre le masajeó el pecho con los dedos, le sopló un par de veces en la boca y acabó reaccionando antes de que llegara la ambulancia. No es la única vez que ha salvado a alguien, hay un señor que cada año le trae una botella de un licor de su país.

— ¿Alguna anécdota graciosa?
— Otra cosa que no es anecdótica por la cantidad de veces que pasa es que pierdan el bikini cuando se caen de la banana. La verdad es que llegamos a pillar velocidades considerables y, cuando se caen, el agua se lo arranca. Para esos casos siempre llevamos un bañador en la lancha, ¡y no lo hemos usado solo una vez! [ríe].

— ¿Cómo se lo toman?
— Bien. Se ríen, y es que yo las aviso siempre: «Ataos bien los bikinis», pero no ven que va en serio hasta que están en el mar. Pero se lo toman bien. Se toman mucho peor cuando se les rompe una uña que cuando pierden el bikini.

— ¿Cómo ve el futuro de este negocio?
— Cada vez más negro, la verdad. Cada vez lo ponen más complicado para renovar las concesiones y no podría asegurarte que, en un par de años, podamos seguir aquí.

— ¿A qué se dedica fuera del verano?
— Si lo necesito, me busco algún trabajillo. Pero, si me lo puedo permitir, como no tengo vicios, vivo del verano. Me compro alguna moto para restaurar y después la vuelvo a vender. El tema de las motos es mi pasión desde que era pequeño. Aprendí antes a ir en moto que en bici.

— Las motos, ¿no son también un vicio?
— Sí, la verdad es que sí. Y de los caros. Ya me podría gustar el tenis [ríe]. Pero también es un vicio peligroso, cada vez que oyes que ha habido un accidente en moto, enseguida te pones las pilas para averiguar quién es. He perdido a    amigos, a Marc y a Toni. Otro amigo, Lluís, estuvo en coma y, al poco de recuperarse, volvió a montarse en la moto y se volvió a caer. Entonces, ya lo dejó definitivamente.