Pepita Ramon en su ferretería de Sant Jordi. | Toni Planells

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Pepita Ramon (Sant Francesc, Eivissa, 1949) es la responsable de la ferretería Sant Jordi, su pueblo. Sin embargo, su infancia pasó por las salinas, donde trabajaba su padre y vivió con su familia.

— ¿Dónde nació?
— Nací en una casa cerca del aeropuerto, se llamaba Es Racó. Pero cuando solo tenía seis meses mi familia se trasladó a vivir a ses Salines. Como mi padre, Joan de Can Llucià, trabajaba para la salinera, le dieron una casa allí mismo. Donde ahora es La Escollera. Allí vivían también Manuel d’es Sinio, que era el encargado de abrir y cerrar las compuertas, y Xiquet de na Maria, que era el carpintero. Mi padre era el encargado de la carga de sal en los barcos que venían a buscarla y de los montones de sal. En casa yo era la pequeña de cuatro hermanos, los mayores, Masiana y Xicu, fueron mis padrinos y Rita es la otra hermana.

— ¿Tiene recuerdos del trabajo en las salinas cuando era niña?
— Ya lo creo. ¡Uf!, había muchísima gente en los estanques. Venían barcos con trabajadores de fuera para trabajar, eran cientos. Los pobres iban con la sanalla sobre la cabeza, chorreando agua y sal cuello abajo. En esa época se hacía todo a mano. No hubo tractores y maquinaria hasta más adelante. Cuando llegaron las máquinas yo todavía era pequeña. Se llenaban los vagones de sal a mano y después se movía con la locomotora hasta los montones. Había dos montones, el de Can Gorra, que es el que ya no se usa, y el del pantano, que se sigue usando. Antes de cargarse la sal también se trituraba.

— ¿Recuerda la locomotora en funcionamiento?
— Sí. Era una máquina enorme, negra, que funcionaba con carbón y que hacía un ruido infernal. Me asustaba muchísimo. Muchas veces mi madre, Pepa (que era de Cas Gasí), me llevaba a unos terrenos cerca del aeropuerto y si pasaba por allí la máquina se paraba para llevarnos un trozo del trayecto. Cada vez que tenía que subirme cogía un susto muy grande.

— ¿Dónde iba al colegio?
— Íbamos al cuartel, donde ahora están las oficinas de Ibifor. Allí había una escuela a la que íbamos los hijos de los trabajadores de las salinas y de los guardias civiles que controlaban la carga de la sal y también vivían allí con su familia. Éramos más de treinta. Recuerdo perfectamente el nombre de la profesora: doña Antonia Mateu Martorell. Aunque también tenía casa en ses Salines, vivía en Vila, donde iba cada fin de semana siempre en taxi, el de Balanzat. Doña Antonia llegó a hablar con mis padres; le parecía que tenía aptitudes para seguir estudiando, pero mi padre no podía permitirse darme estudios.

— ¿Recuerda juegos o gamberradas con los otros niños del barrio?
— Sí, nos tirábamos del muro que hay al lado de la nave a la arena. No sé cómo nos rompimos la crisma. En la nave, que la llamábamos el taller, también me dejaban que tocara la sirena a las 12.00 horas, que sonaba cada día. Allí era donde se guardaba la maquinaria y donde trabajaba mi hermano Xicu.

— Su padre tenía un buen puesto de trabajo, ¿tenían una posición acomodada?
— No sería capaz de decirte lo que se ganaba trabajando allí. Aunque no pasamos hambre ni falta de nada nunca, abundancia tampoco. No teníamos un armario lleno de vestidos ni zapatos. Se hacían muchos cambios, el que tenía lechugas, por el que tenía huevos. Pero nosotros no tuvimos terreno nunca en el que sembrar. Lo comprábamos todo en el economato de la salinera. Con el tiempo, mi padre vendió el terreno del aeropuerto para irnos a Sant Jordi y que sus hijos tuvieran una casa cada uno.

— ¿Cuándo empezó a trabajar?
— Cuando terminé de estudiar empecé a coser. Aprendí con Maria Prats. Estuve cosiendo ropa para los hippies mucho tiempo. Ganaba bastante dinero, creo que tanto como Vicent, de Can Mayol, que era mi marido. Eso sí, yo tenía que hacer más horas que él, así que cuando llegaba de su trabajo en Suministros Ibiza, se encargaba del trabajo en casa y de cuidar a nuestra hija, Fanny, cuando era pequeña. Así    yo podía seguir cosiendo. A lo mejor hasta las 12 de la noche.

— ¿De dónde sacó a este Vicent de Can Mayol?
— [Ríe]. Pues lo saqué de la boda de su hermana, Francisca, y de mi primo Isidro. Allí le conocí, pero me pareció un chulo. Yo no tenía más que 12 años y él 16, pero la cuestión es que, a partir del siguiente domingo, comenzó a aparecer por las Salinas con su bicicleta. Venía a donde ahora es el Mar i Sal, que se llamaba Can Carabassó. Allí nos conocimos más, mientras los mayores miraban la tele que había allí. Acabamos casándonos en el 71 y teniendo dos hijos, Fanny (que lleva la cafetería Ara anam!) en el 76 y José, que se está convirtiendo en el jefe de la ferretería, en el 84. Y eso que cuando se fue a hacer la mili, como era durante mucho tiempo, me dijo que si mientras tanto conocía a alguien que me gustara, que lo comprendería.

— ¿En qué momento comenzó en la ferretería?
— Vicent era fontanero, y, harto de que viniera la gente a buscar las cosas a casa, donde tenía el almacén, cuando nació José buscó un local en el que tener las cosas. En lo que tenía que ser una oficina acabamos poniendo cuatro cosas para vender, dos martillos y dos palas. La cosa fue creciendo hasta lo que es ahora.

— No es un oficio sencillo.
— No. Hay miles de referencias y hay que saber muy bien lo que se vende. No te creas que somos solo ferretería. También tenemos material de fontanería y hasta de droguería.

— Atiende, entonces, a oficios muy masculinizados, ¿nota actitudes machistas?
— Recuerdo que venían hombres que me pedían que llamara a mi marido para que les atendiera. Vicent siempre les decía que él no tenía ni idea, que la que sabía de ferretería era yo. Y es que era así. Todavía hoy vienen supuestos fontaneros que me piden un manguito cuando lo que necesitan es otra cosa. Siempre contestan «yo lo llamo así». Son tan machitos que no son capaces de reconocer que se equivocan. Menos si les corrige una mujer. En la ferretería, como en todo, también hay machismo, claro. Además, mi sobrina Lina, hija de Xicu, también lleva muchos años conmigo y también es una máquina.

— ¿Piensa en jubilarse?, ¿lo echará de menos?
— Sí, pienso en jubilarme en breve. Pero no lo echaré de menos, más que nada porque pienso venir siempre que me de la gana [ríe].