Pep Parra en Can Sala, uno de los bares de su pueblo, Sant Jordi. | Toni Planells

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Pep Parra (Sant Jordi, Eivissa, 1948) es un ‘jordier’ de los veteranos. Con historias sobre su pueblo de otros tiempos. Bromista de nacimiento, no deja de darle su pincelada de humor a cualquier capítulo de su vida que explica.

— ¿Dónde nació?
— En Ca na Parra. Una finca que hay entre Can Bellotera y Can Noguera. Fíjate tú, entre los dos más capitalistas del pueblo, estaba yo, uno de los más pobres. Por muchos años que han pasado, no me ha caído nada de ninguno de los lados. Yo sigo igual de pobre y ellos igual de ricos. Eso sí, se lo han trabajado.

— ¿Quiénes eran sus padres?
— Mi padre era Joan de Ca na Parra, que era albañil. Mi madre era Catalina, venía de Can Bernat de Jesús. En casa éramos seis hermanos, cuatro hermanas y dos hermanos. Yo era el más pequeño. Además, estaba la tía Antonia, que era soltera y vivió en casa hasta que murió a los 87 años. Lo único que heredó ella fueron 20 duros y una caldera. La caldera la heredé yo, los 20 duros se los había gastado ya. Esa caldera pasó por todo el vecindario.

— ¿A qué se dedica?
— Ahora estoy jubilado, pero trabajo en casa más que nunca. Allí tengo un huerto, con tomates, pimientos y de todo, que parece de un hombre. No de un ‘jai’ (viejo) como yo.

— Este ‘jai’ también fue un ‘garrit’    (chaval). ¿Qué hacía entonces?
— Más que nada, hacer ‘salera’. Iba al colegio de Sant Jordi, claro, pero no me gustaba nada ir. Me acuerdo del maestro, era Fernando de s’Aniseta. De la familia de los licores.

— ¿Qué hacían en las ‘saleras’?
— Todo tipo de trastadas. Sobre todo robar naranjas, melones o lo que fuera con los demás chicos.

— ¿Alguna vez tuvo problemas por eso?
— Ya lo creo. Por unas naranjas que no robé, me llevé tres buenas palizas: Un día de Navidad vino la Guardia Civil a casa y me llevaron al cuartel de Vila junto a Patró y Miquelet Riera. Allí me pegaron una hostia que salí disparado y cinco duros de multa, que el Guardia Civil se metió en el bolsillo. Ese día, yo había estado con fiebre y no había salido de casa. Que yo no fui, vamos. Pero como ya sabían que era el jefecillo de la pandilla, ‘Parra y compañía’, también me pillaron a mí. Al volver a casa, mi padre me preguntó si me habían pegado en el cuartelillo. Como le dije que no, me dio una buena paliza. Ya van dos. La tercera llegó cuando se enteró de que, efectivamente, la Guardia Civil me había pegado, así que me dio otra por haberle mentido. Ese día yo no había sido. Pero sí que es verdad que todos los demás sí. Lo sabía todo el mundo.

— ¿Robaban por escasez?
— No. En casa teníamos de todo. Lo robábamos y nos lo comíamos, sí, pero era más por hacer el salvaje que por estar pasando hambre. Piensa que, entonces, no había otra cosa que hacer para divertirse. Si no era jugar a fútbol o robar naranjas, era pelearse. Eso sí, hay que decir que todos acabamos siendo gente muy responsable y cumplidora. Los niños ahora son muy distintos, parecen subnormales, todo el día con el móvil. Apenas se conocen si no es a través del dichoso teléfono.

— ¿Eran muy salvajes?
— Sí, hacíamos trastadas una detrás de otra. Había una muy divertida: Cuando venían misiones (predicadores que venían de fuera), cazábamos gorriones vivos. Los metíamos en la iglesia escondidos dentro de las camisas y los pantalones, podíamos llevar una docena cada uno. Entonces subíamos arriba, al coro de la iglesia, y los soltábamos a todos en plena misa. ¡Era un verdadero show!, la gente estaba más pendiente de cazar pajaritos que del sermón del cura.

— ¿Nunca les pillaban?
— ¡Sí! Una vez me pilló María, la hermana del capellán. Desde entonces me registraba de arriba a abajo cada vez que había misión. Pero lo que hacía yo, era darle los gorriones a Calderón, que no lo tenían fichado. Recuerdo que una vez se le chafó un gorrión en el bolsillo. Lo tiró al suelo y cuando le pregunté dónde estaba, él me contestó, «lo tengo junto al pie izquierdo» con un vozarrón que se escuchó en toda la iglesia.

— ¿Dejó el colegio muy pronto?
— No. De los 11 a los 15 años fui a Artes y Oficios. Allí hice forja artística durante cuatro años. Esa generación de forja artística ganó muchos premios, tanto Roselló, Fita, Mariano Malalt. El maestro era Pedro Prieto. La verdad es que no me acabó de gustar el oficio.

— ¿Qué hizo entonces?
— Trabajar en la construcción dos años y después hacer la mili. Cuando la terminé trabajé en una casa de fontanería, Seguras Roses dos años. Luego ya me fui a trabajar a los ‘sucarrells’ (Zumos Naturales). Allí trabajé desde principios de los 70, hasta que me dio un infarto sobre el 2.000. Desde entonces me dedico a lo que te contaba.

— ¿Cultivó alguna afición?
— El fútbol. Me gustaba muchísimo y, además, era bastante bueno. Jugué en el Ibiza juvenil desde los 12 a los 15 años. Después jugué cuatro años en el Hospitalet. Pero esto fue más adelante, del los 20 a los 24 años. Aunque había estado cinco años sin jugar, me vinieron a buscar igualmente. Estoy seguro de que, si en vez de darme leña cada vez que me veía jugando a fútbol en la era, mi padre me hubiera apoyado, hubiera podido hacer carrera.

— ¿Con qué tipo de pelota jugaba en la era?
— Con una de plástico que tenía. Más adelante compramos entre todos los chicos del pueblo una de cuero. De esas que tenían los cordones por fuera. Si dabas un cabezazo te abrías una brecha.

— ¿Cómo se pudieron permitir comprar una pelota como aquella?
— Para comprar la pelota estuvimos buscando caracoles. Siempre nos estábamos buscando la vida, si no eran caracoles, eran almendras y algarrobas. Lo vendíamos y así sacábamos algún duro. Íbamos mucho a hacer la ‘rebusca’. Que era cuando se había recogido la almendra, cualquiera tenía derecho a rebuscar entre lo que quedaba. Era lo que hacíamos los chavales.

— ¿Alguna trastada alrededor del fútbol?
— Alguna. Sí. Una vez quisimos hacernos unos vestuarios en el campo de fútbol. En los huecos bajo las gradas queríamos hacernos una caseta para cambiarnos cuando íbamos allí. Por las noches robábamos los bloques en las obras y los escondíamos bajo los puentes. Al final no llegamos a hacerlo y todavía andarán los bloques debajo de los puentes (ríe).

— No me ha hablado de su vida personal, ¿Se casó y tuvo hijos?
— Sí. Casarme, dos veces. Tengo hijas de los dos matrimonios. Marilina es la mayor y Juan Carlos el segundo. Después están Yolanda y Sandra.