Pedro Martínez en su negocio de pinturas. | Toni Planells

0

Pedro Martínez (Ibiza 1972). Regenta el negocio de pinturas que emprendió su padre hace casi 40 años en el barrio de Can Escandell.

— ¿De dónde le viene el oficio de la decoración y pintura?
— Podría decir que me viene de Pedro Martínez, el fundador de Pinturas Martínez, que en 1983 abrió un negocio de pinturas y decoración en la calle Atzaró. Primero en el número 18 y, desde 1994, en el número 15, que es donde estamos ahora. Aparte de pinturas, intentó introducir el negocio de la decoración, con moquetas, alfombras y elementos que entonces todavía no habían llegado a Ibiza.

— ¿Su padre pintaba?
— Al principio sí que era aplicador, pero se enfocó más en la vertiente empresarial. Contrató a gente y montó la empresa. Pero él ya había empezado antes. En el 68 tenía un taller en la calle Portinatx, como la gente le pedía pintura para comprar, poco a poco acabó montando el negocio en la calle Atzaró, como te he contado.

— ¿De dónde es su padre?
— De un pueblo de Albacete. Él fue de los primeros inmigrantes que llegaron a Ibiza a trabajar en los años 60.

— ¿Y su madre?
— Mi madre, Carmen, es de la Marina. Nacida en el carrer d’Enmitg. Era de una familia muy humilde, vivían cinco personas en un piso de 40 m². Su padre, Bartomeu, comerciaba con lo que compraba a los barcos que llegaban al puerto.

— ¿Dónde vivió usted?
— Siempre hemos sido vileros. Vivimos toda la familia (con mi hermana Ana y mi hermano Jordi) en la calle Cataluña número 6. Donde estaba la pensión Mundial y la pescadería de Valentín. Vivimos allí hasta que, en el 82, mi padre construyó el edificio en el que abrió la tienda. Allí también construyó la vivienda encima. Ahora vuelvo a vivir en el centro, mi playa es figueretas y mi paseo favorito es por el muelle. Ya te lo he dicho: vilero, vilero.

— ¿Le tocaba echar una mano a su padre cuando era pequeño?
— No te quepa duda. Si había que lijar unas persianas, o llenar botes de pintura (que venía a granel), me tocaba hacerlo a mí. Si quería que me diera cien pesetas no me quedaba otra opción. También me tocaba barrer o rascar las gotas de pintura en las obras.

— ¿Algún recuerdo en especial de esa época?
— Sí. Yo diría que era el año 86, estábamos pintando una obra en Santa Eulària, en pleno paseo. Era un infierno de trabajo, rascando con el cepillo la pintura que caía y barriendo sin parar. Tenía una radio para escuchar música mientras tanto y era el verano de la canción ‘The Final Countdown’, the Europe. La ponían una vez tras otra hasta aborrecerla. Estuve muchos años que, cada vez que la oía, me evocaba ese verano de trabajo infernal. Con los años he acabado haciendo las paces y ahora me encanta la canción.

— ¿Algún otro momento destacable en su experiencia?
— El de la mudanza del número 18 al 15. Que la hicimos toda a mano. Entonces los botes de pintura no eran como los de ahora, pesaban 35 kilos, y los apilábamos en montones de siete alturas. Cuando tocaba colocar el séptimo te cagabas en todo. Créeme.

— ¿A qué colegio fue?
— Después de hacer párvulos en la Consolación fui a Sa Graduada, allí, en los 80, había un tono muy serio y muy franquistas. Había dos clases, la A y la B. A mí me tocó la clase de los ‘buenos’: la A. Allí iban los hijos de las familias ibicencas más respetadas. De hecho, el único apellido ’extranjero’ de la clase, era el mío. Los demás eran Gotarredona, Matutes, Marí, Cardona. Aunque pienso en ibicenco, a mí me hablaban castellano. Después hice F.P., allí hice mis mejores amigos, Rafael Piedra y Joan Colomar, con quienes todavía mantenemos la relación. Joan Carles Escandell era el otro de la pandilla.

— ¿Recuerda esa época con nostalgia?
— Es que ha cambiado todo mucho. Echo de menos lugares como el Concord o el bar Ses Botes. Los alquileres brutales que están pidiendo en Ibiza está provocando un cambio enorme en nuestro paisaje urbano de siempre.

— ¿Cómo ve el futuro?
— El más inmediato en Moscú. Visitando a mis suegros, los padres de Marina, y disfrutando de ese lugar, que se ha convertido en mi segunda casa. Me recuerda mucho a como era la España de los años 70, con relaciones entre las familias y los vecinos como eran antes aquí.

— ¿Y el futuro de su negocio?
— Pues tengo tres hijos, Elsa, que es la pequeña, y Nicolás y Pedro (como los zares). Son de mi primera mujer, y el mayor, Nicolás, ya me está ayudando en la tienda. Así que, generacionalmente, supongo que ya estaría solucionado. Pero claro, todo depende de la economía. Nuestro material es derivado del petróleo y así como está el panorama, no se sabe.