Mauro Broglia. | Toni Planells

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Mauro Broglia Rivas (Montevideo, Uruguay, 1973) lleva más de dos décadas en Ibiza, lugar al que llegó de paso y que acabó convirtiendo en su hogar. Experto en deportes como el motocross, el BMX, skate o surf, regenta una tienda para abastecer a los aficionados a este tipo de deportes y ha impulsado, no sin esfuerzo, dos circuitos de BMX. Hasta ese momento, desde su llegada a Ibiza, ha pasado por distintos oficios.

— ¿Qué le trajo a Ibiza?
— Siete años de trabajo muy duro en Uruguay. Eran mis primeras vacaciones después de mucho tiempo y decidí dar una vuelta por Europa durante 45 días. Primero tres días a Barcelona, luego siete en Ibiza y después iba a ir a Amsterdam, Berlín... Pero nunca llegué a los destinos que tenía programados tras Ibiza. Me quedé todo el tiempo aquí. Coincidió que tenía unos amigos de toda la vida que estaban aquí.

— ¿Quiénes eran esos amigos?
— Marcelo y Nicolás. Eran de la familia Buela. Su padre, Álvaro, fue el que lo cambió todo en mi barrio, Carrasco. Empezó a organizar carreras allí y nos inculcó a los niños del barrio nuestra afición a la BMX. También tuvo mucho que ver otra persona con la que se asoció. Una especie de mecenas que puso el terreno para hacer el circuito y que compraba bicicletas para que los piojos que éramos pudiéramos correr. Era una especie de mecenas que, además, se llama Gabriel Medici. Su empleada, Ana, la llevábamos de cabeza. Gracias a ellos, a los nueve años ya tenía mis trofeos y, hoy en día, conservo esta afición. Era la época en la que se estrenó la película ‘los bicivoladores’y ‘E.T.’, a partir de allí las BMX pegaron un subidón.

— ¿Qué le pasó en Ibiza para que se quedara a vivir?
— No sabría decirte. Ya se sabe que Ibiza, o te abraza o te empuja. Algo me dijo que era un buen sitio para vivir, y allá vivía bien, pero volví para vender todo lo que tenía (que no era poco: tenía tres tiendas) y venirme para acá. Hubo otro factor, y es que en mi pueblo ya estaba todo hecho y, en Ibiza, me di cuenta de que estaba todo por hacer. Había un nicho por cubrir y decidí quedarme como un ignorante.

— ¿Como un ignorante?
— Sí. Yo venía de ser un comerciante, un empresario, inauguré el primer skatepark de mi país, y me pensaba que vendría a trabajar sin problema. Para nada. Hasta 2004 no tuve permiso de trabajo. Ya me lo dijo un amigo: «Tú eres un crack, pero lo eres allá. Aquí no eres nadie, ¡no tienes ni papeles!». Me hizo bajar a la tierra de golpe.

— ¿Qué hizo entonces?
— Preguntar «¿qué hay que hacer?» y ponerme manos a la obra. Estuve un año y medio trabajando para una empresa de sonido, Marty, y también con Vicent de Sonoibiza y en el Recinto Ferial montando los stands y tal... Así acabé consiguiendo los papeles. Entonces empecé a estudiar en Zona 6 con Fernando Monge y aprendí a hacer vídeos. Me di cuenta de que se ganaba más dinero haciendo bodas y comuniones que como técnico y a eso me dediqué unos tres años. También estuve cinco temporadas como runner en el Ayoun. Allí aprendí mucho sobre como funciona la hostelería. Con este trabajo y las bodas conseguí reunir el dinero para montar la tienda, en 2008.

— ¿Cómo fue entonces?
— Del 2008 al 2011 estuve editando una revista con el mismo nombre de la tienda, Weakhead (saqué 23 números). Ya había hecho lo mismo en Uruguay (Mad Point). Era de deportes y llegó a desenbocar en un programa de radio en la Global. Llegó un momento que, con la tienda, la revista y el programa de radio, no podía con todo. Así que dejé la revista y la radio para ponerme en marcha con el club para poder poner en marcha los circuitos y las clases. Ahora que lo he conseguido y trabajo con mi familia, mi mujer, Lourdes, mi hijo Bautista y hasta mi hija pequeña, Mora, que nos acompaña a todos los sitios en mi mundo, puedo decir que he llegado a la cima. También tengo a mi hija Valentina, que es mayor, aparte de unos 10 adoptados.

— ¿Quiénes son esos adoptados?
— Los que entrenamos desde hace muchos años, Unai, Amaru o Chus, por ejemplo. Siempre les recomiendo que, para tener éxito, deben hacer lo que hace todo el mundo como nadie. Si no, que hagan lo que no hace nadie. No hay más opciones.

— ¿Qué ofertas propone usted?
— Ofertas que se salen de lo clásico. Pero es que apenas hay ofertas para los chicos fuera de lo básico. El mundo cambió y hay que ofrecer otro tipo de oferta, más allá de la clásica (fútbol, baloncesto, balonmano...). Nosotros damos clases en los circuitos que hay al lado de la rotonda de Juan XXIII y la que hay en Puig d’en Valls, que nos encargamos de impulsar. Nos costó 10 años conseguirlas. Tenemos una estructura que necesita un poco más de lubricación y agilidad. En cualquier pueblucho hay un pump track de cemento, aquí no.

— ¿Le queda algún objetivo por cumplir?
— Que no se desvanezca lo que estoy haciendo. Qua pasados diez años le pueda traspasar esto a alguno de los chavales con los que llevo diez años entrenando.

— ¿Cuándo comenzó a entrenar a estos chicos?
— Cuando vivía en Can Coix, justo delante del skate park, me empeñé en alquilar la casa de delante cuando me enteré de que lo iban a construir, y lo conseguí. Allí me monté una piscina de espuma y una rampa para que los chicos entrenaran el truco en mi casa antes de hacerlo en la pista. También les monté un baño fuera, para que lo usaran y dejaran cargando el móvil mientras entrenaban. Los chavales estaban entrenando, sin mirar el móvil ni un segundo, hasta que se les acababa el agua o no podían más. Los niños con los que hacíamos eso en 2014 o 2015 son los que ahora me ayudan como monitores a día de hoy.