Mati en su puesto de trabajo en el Hostal Talamanca. | Toni Planells

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Mati Martínez (Freila, Granada, 1947?) es una persona contundente. En todos los sentidos de cada uno de sus rasgos. Contundentemente generosa, contundentemente alegre y bromista y también contundente en lo físico. Y es que más de un violento se las ha visto con una lección de humildad al toparse con Mati.

— ¿Cuándo y dónde nació usted?
— Nacer, nací en Freila, Granada. Pero del nacimiento tengo dos fechas diferentes. Aunque nací en 1940, el carné pone 1947. Así que tú pon 47. Me registraron cuando tenía siete años. La persona que estaba en el registro se llamaba Rafael Cañabal, si no recuerdo mal, siempre estaba borracho (y fumaba Celtas) y dejaba los cartones donde apuntaba los nacimientos por ahí y se le olvidaba. Como no fui a la escuela, no me di cuenta hasta que me fui a trabajar por primera vez a Almería, a hacer la tomatera a Las Fuentes. Según los papeles tenía cinco años, cuando en realidad tenía 12.

— ¿Cómo era el hogar de su infancia?
— Pues una cueva. Pero literalmente. En Freila vivíamos en las cuevas. En la nuestra vivíamos toda mi familia, que no éramos pocos. Aparte de mis padres, Ramón y Matilde, también estaban mis cuatro abuelos y todos los hermanos. Éramos 15, pero ahora solo quedamos 12. Aunque yo soy la más vieja, según los papeles soy la tercera.

— ¿A qué se dedicaban en su casa?
— Sí, claro. Nos dedicábamos a hacer las peonadas del esparto o de los capullos (alcaparras), por ejemplo. Había que buscarse la vida. Mi tío Juan era estraperlista de aceite y yo le quitaba el aceite del cuero en el que lo llevaba y se lo rellenaba con agua. Como el aceite se queda siempre arriba, no se enteraba (ríe). Ya me lo decía mi padre: «Eres capaz de hacerte rica mientras los vecinos se mueren de hambre». Era una espabilada, cuando íbamos a las aceitunas siempre hacía un hoyo en el que las iba enterrando y, en la rebusca, yo siempre era que más olivas recogía (ríe).

— Entiendo que eran humildes...
— Para que te hagas una idea: a mi primer hijo, Antonio, lo parí yo sola en la cueva. Para cuando vino mi madre y me preguntó cómo estaba, yo ya estaba andando. Como cuna usé una caja de plátanos, no teníamos para cunas, así que la limpié bien, le hice a ganchillo unas mantas y todo lo necesario.

— ¿Y el padre de la criatura?
— Era un ‘casi rico’. Su familia tenía panadería y otros negocios en el pueblo. Ellos tenían casa en el pueblo y todo, junto a su panadería. Nosotros vivíamos abajo, en las cuevas. Su familia eran bastante racistas, no aceptaban que su hijo estuviera con una pobre. Con el tiempo, a base de trabajar, conseguí montarme mi propia panadería y hasta un supermercado. También estuve como segunda en la UGT de Granada en esos tiempos.

— ¿Qué hacía usted como sindicalista?
— Ayudar a todo el mundo que podía, como siempre he hecho. Para poder cobrar el paro se necesitaban unas 90 peonadas y yo se lo arreglaba siempre para que pudieran cobrar. Venían de todas las comarcas para que les echara una mano. Cobraban gracias a mí y todo el mundo estaba agradecido.

— ¿Cuándo vino a Ibiza?
— Hace unos 40 años. Cuando dejé al padre de mis hijos. Lo pillé dándole una paliza con una vara al pequeño, Noel. Así que le di una paliza con un palo yo a él. Lo dejé tres meses en el hospital y yo cogí mi furgoneta amarilla y mis hijos y me vine a Ibiza con mis cuatro hijos.

— ¿Qué hizo en Ibiza?
— Pues hacerme hippie y robar a los payeses (ríe). Pero con su permiso, que todavía me siguen llamando a día de hoy para darme sandías, huevos o lo que sea. Pero yo les decía a todos que lo robaba (ríe).

— ¿Tuvo algún trabajo?
— Claro. Estuve trabajando cuidando una mansión de esas de los millonarios que vienen una vez al año. El resto del año tenía casa todo aquel que lo necesitara. Cuando venían estaba todo limpio y recogido, eso sí. A día de hoy sigo haciendo lo mismo, pero en mi propia casa. Ahora tengo a unas cinco personas.

— ¿Alquila habitaciones?
— ¡Qué va!. Tengo a gente que lo necesita. ¿Para qué quiero yo el dinero?, ¿para tenerlo en el banco?. Es más rico el que nada le falta que el que mucho tiene. Así se lo dije a Matutes una vez: ¿qué es lo más importante del mundo?. Él me contestó que el dinero y yo le dije que no, que la sombra, si tienes sombra, es que tienes libertad.

— ¿En qué más ha trabajado?
— En la frutería del Eroski y aquí, en la parrilla del Hostal Talamanca desde 2001. Conocí al dueño, que tenía unos problemas de salud y yo, que tengo mis técnicas, le estuve ayudando y le fue muy bien. Coincidió que se le fue el parrillero y me quedé sustituyéndole una semana. Así que llevo aquí trabajando una semana desde hace más de 20 años (ríe).

— ¿Habrá vivido alguna anécdota?
— Muchas. Hace no mucho, sin ir más lejos, vino un italiano de esos enormes al hostal. Iba muy ‘encocado’ y violento, así que lo enganché con una mano por los cojones y con la otra por el cuello y lo retuve hasta que llegó la policía. [Un compañero de Mati la escucha y confirma la historia. Añade que, cuando llegaron los agentes dijeron, «¿por qué nos llamáis si tenéis a la Mati?»]

— ¿Trabajó siempre en la tienda de Souvenirs?
— Si jubilada ya estoy, pero estoy dada de alta. ¿Qué quieres que haga si no?. Me tocó la primitiva (no te voy a decir cuanto). Compré casa, piso y coche a mis hijos y nietos. Yo me compré en el pueblo una buena mansión en un cortijo. Allí hice casas para que fueran para quienes las necesitaran.