Joan de Can Frit en su casa. | Toni Planells

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Joan Cardona, de Can Joan Frit (Can Blai d’es Jondal, Sant Josep, 1928) recuerda los tiempos en los que la sal se recolectaba con un capazo en la cabeza. Es testigo directo de la evolución que sufrió la industria salinera durante varias décadas de su vida. Con un humor y una memoria intactos, explica, a sus 94 años, anécdotas y bromas que vivió durante su juventud.

— ¿De qué casa es usted?
— De Can Joan Frit. Mi madre, María, era de Can Vengut y mi padre era Joan Frit. Aunque yo nací en Can Blai d’es Jondal, Can Joan Frit era una casa en Buscastell. Allí es dónde vivimos toda la familia (éramos ocho hermanos) hasta después de la Guerra Civil.

— ¿A qué se dedicaban sus padres?
— Mi padre trabajó los bosques y con la caña de miel en Cuba. Viajó allí dos veces. La vez que vino antes de volverse fue cuando me hicieron a mí [ríe]. Aquí tenía tierras que cultivaba y también tenía un buen rebaño de cabras. Cada fiesta de pueblo el jai Frit llevaba sus cabras al pueblo que tocara. Estaban tan bien enseñadas que pasaban al lado de los huertos y no había ni una que se separara del grupo y que mordiera ni una hoja. En la fiesta, de la misma manera que ahora desfilan los carros, mi padre hacía desfilar las cabras. Por las mañanas, las ordeñaba y le daba la leche al cura del pueblo.

— ¿A qué se dedicó usted?
— Siempre trabajé en la tierra, pero hacía un poco de todo. Como no teníamos un jornal fijo, cuando alguien me encargaba ir a hacer un horno de cal, iba a hacérselo. A partir de los 20 años estuve trabajando en los estanys de las salinas. Allí, cuando no había sal me iba a hacer pozos, que también me gustaba mucho. Pero eso era algo esporádico. Mi jornal era en los estanys. También trabajé con los Rampuixes como obrero o haciendo las compras a la tienda de Can Manyà con un camión. Entre otras cosas también les llevaba barras de hielo que se vendían a trozos. Otra cosa que también hacía cuando no había otro trabajo era pescar. Iba mucho a hacer el calamar delante de Sa Penya Roja y los vendía. También vendía las sirvias, que se colaban en los estanques, o cazar patos en las salinas. Me hice un reclamo de madera que dejaba correr corriente abajo, después tiraba de él con una cuerda y le seguían los patos que después cazaba. Lo que no hice nunca fue estraperlo. No me gustaba. Tampoco pesqué nunca con dinamita. No vale la pena matar a tanto pescado para llevarte solo un saco. Aunque es verdad que se hacía mucho, aunque estaba prohibido, la Guardia Civil miraba para otro lado.

— ¿Cómo era la jornada en los estanques de las salinas?
— Al principio llevábamos la sal sobre la cabeza con una senalla. Entonces, hacía falta mucha gente para venir a recoger sal. Más adelante se empezó a transportar con los vagones y siempre era la misma gente fija todo el año. Había distintas plazas y calzadas en las que recoger sal en el estany, según lo difícil y lo lejos que estuviera la plaza el precio era distinto. Había algunas tan complicadas, que nadie quería hacerlas. Entonces el encargado nos la encargaba a mi colla, la de los Isidros, o a la de los Botges y después nos compensaban dándonos mejores plazas en las siguientes jornadas. Cuando se acercaba un barco íbamos a ‘hacer humo’. Dependiendo de dónde hacíamos el humo significaba algo distinto: si lo hacíamos en la parte baja, era que llamábamos a los de la plaza; si lo hacíamos un poco más allá era para los de la máquina; un poco más a lo lejos era que necesitábamos un colla, y si hacíamos dos humos era que necesitábamos a dos colles. Si necesitábamos tres colles, hacíamos otro humo un poco más arriba.

— ¿Qué hacían estas colles?
— Distintas cosas. Cada una se dedicaba a lo suyo. Los cargamentos no eran todos iguales. Había cargamentos de barcazas, también se hacían cargamentos en barcacitas (yo era patrón de una de ellas) que eran más pequeñas, de unas 20 toneladas de sal. Se llenaban las barcazas para después llevar la sal a los barcos. Al principio se llenaban a base de senalles, pero pronto se empezó a usar la maquinilla (una pequeña grúa que trasportaba el cubo de sal aprovechando el motor del barco. Más adelante llegó la grapa (unas pinzas mecánicas) y después ya llegó la cinta transportadora, pero yo ya no trabajaba allí. Los días de mal tiempo eran los más complicados. Había que mirar bien lo que cargabas para no acabar en el fondo.

— Supongo que tendrá mil anécdotas sobre esos tiempos de la salinera.
— Hubo una vez que un barco encargó un montón de sal fina y nunca vino a buscarlo. El montón se acabó endureciendo como una roca, así que me encargaron meterle unos cartuchos de dinamita para ablandarlo. Al principio, me negué. Yo conocía la dinamita y pensaba que era una locura. ¡El montón estaba frente a unas vidrieras! El jefe me insistió, me dijo que pusiera seis cartuchos, pero yo puse solo cuatro, como hacía con las rocas. Cuando llegó el momento de la detonación no se movió ni un solo grano de sal. Simplemente, se ablandó.

— ¿Era muy duro?
— Era tremendo. Pero también es verdad que te divertías mucho. Nos perseguíamos unos a otros con el quintal de sal en la cabeza. También nos hacíamos bromas entre nosotros. Yo no lo hice nunca, pero había quienes se meaban unos a otros para emprenyarse. Una vez, se murió la tía de Manyà, un compañero, fuimos al funeral en Sant Mateu. Ese día Manyà me recriminó que yo le hubiera echado una meada. Mientras yo le explicaba que yo no lo había hecho, mi hermano Toni, que era un elemento, se le estaba meando en el bolsillo (ríe).

— ¡Menudas bromas se gastaban entre ustedes!
— Entonces, la gente era muy bestia. Hubo una vez, yo era muy pequeño, llegaron (yo no) a subir un asno a un tejado. Fue en Corona, en la casa de Can Caravaca, al lado de la iglesia. El dueño se dio cuenta, pero, en vez de decirles algo, avisó a la Guardia Civil. Al día siguiente, que era domingo, el agente le dijo al cura que avisara a la gente que, tras la misa, no se fueran. Que habría ‘cine’. Lo que hizo fue obligar a la colla que lo subió a volverlo a bajar. Se plantearon tirarlo directamente y pagarlo entre todos, pero el Guardia Civil les advirtió de que si el asno se hacía un rasguño, les iba a moler a palos a todos (y no era broma). Lo tuvieron que bajar con cuidado como pudieron ante todo el pueblo que se partía de risa.

— Más que bromas eran putadas, ¿no es cierto?
— Un poco sí. Era habitual que soltaran a todos los animales del vecindario, que se mezclaba todo. Que mezclaran las macetas de una casa con la de otra. Sobre todo si las dos casas se llevaban mal. Había dos casas contiguas que estaban peleadas. Una tenía recogida, ligada y atada toda la paja y la otra todavía no. Así que desligaron la de uno para ligar la del otro [ríe].