Los Reyes cubren Santa Eulària de regalos y caramelos antes de marcharse

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La plaza de la iglesia de Puig d’en Valls estaba llena de padres con sus hijos esperando su turno para abrir el regalo de los Reyes Magos.

La plaza de la iglesia de Puig d’en Valls estaba llena de padres con sus hijos esperando su turno para abrir el regalo de los Reyes Magos.

Toni Planells

Eran las 10:30 de la mañana en Can Negre y la cabalgata, aunque ya habían llegado Sus Majestades acompañados de su séquito -un cartero real y diversos pajes- aún no estaba lista para partir.

Uno de estos pajes, Noemi, de 10 años, estaba exhultante después de haber recibido como regalos de Reyes unos cascos de música, accesorios para el pelo y, aparte, algo de dinero. Especialmente contenta estaba con los cascos, lo que más le había gustado, según dijo.
Cuando por fin hubo salido la cabalgata, los Reyes Magos y sus acompañantes marcharon hacia el Camino Viejo de San Mateo, Avenida de Ibiza y calle Marín Mayons, para desembocar finalmente, después de un rato de andadura, alrededor del mediodía en la iglesia de Puig d’en Valls.

En la iglesia de Puig d’en Valls
Una vez allí, Melchor, Gaspar y Baltasar, con canciones como Hacia Belén va una burra y We wish you a Merry Christmas de fondo, fueron recibidos por centenares de vecinos que decidieron ayer a salir a las calles para dar la bienvenida a tan lustrosos visitantes. Los Reyes Magos iban regalando caramelos a diestro y siniestro. Además, no iban solos. Junto a sus tres carrozas había un ramillete de pajes, tanto andando como en patines, y niñas bailarinas con una especie de capa en forma de velo.

Durante el recorrido por el municipio de Santa Eulària, Periódico de Ibiza y Formentera tuvo tiempo de detenerse a hablar con los niños sobre lo que habían recibido como regalo. Los primeros en ser preguntados fueron Sergi, a quien los Reyes habían traído unas zapatillas de deporte, y Víctor, de doce años, quien se había encontrado con un juego de consola y una camiseta. Incluso esperaba recibir otro regalo más en la plaza junto a la iglesia, pues allí Melchor, Gaspar y Baltasar habían llevado también presentes para los niños.

Otros niños también contaron cuáles habían sido los obsequios encontrados. Por ejemplo, Carlota, de siete años, estaba muy contenta con tanto regalo: un piano, unos coleteros rojos, pintauñas, una muñeca de colección que mueve la cabeza y un libro sobre el océano que los Reyes le habían dejado en el hospital de Can Misses. Por su parte, José María, de once años, aseguró que se había portado muy bien y por eso le habían traído un lego, un estuche de pinturas, un coche teledirigido y chucherías, más algo de dinero. Y más niños. Juanjo, de seis años, recibió un lego ninja y un parque de bomberos también de lego, y esperaba tener otro regalo en la plaza. Otro de ellos, Nico, quien casualmente cumplió ayer cinco años, tenía, por su parte, un Playmobil cazafantasmas y un coche.

Ya a la entrada de la iglesia, comenzaron a sonar las tradicionales Ya vienen los Reyes y Pampanitos verdes hojas de limón, antes de pasar a unos gossos de Navidad y los caramelles. Fue una ceremonia breve, en la que el sacerdote contó la historia de los Reyes Magos mientras éstos adoraban al Niño Jesús. Cuando hubo acabado el rito, el coro de la iglesia cantó otro villancico y Sus Majestades salieron a la plaza a repartir los regalos para los niños, quienes no podían ya esperar más de los nervios. Por fin iban a descubrir si los Reyes se habían acordado de ellos.

De Jesús a Jesús
Una vez hubo concluido el reparto, la comitiva marchó en dirección a Jesús, en cuyas calles se agolpaban otros cientos de personas –en gran parte, niños– para dar la bienvenida más calurosa posible a Sus Majestades. Cap Martinet estaba abarrotada y otros niños se prestaron a compartir su felicidad. Dos hermanos eran tan dichosos. No era para menos. Dan, de cinco años, tenía en la cara el júbilo de quien había recibido su primera bicicleta de dos ruedas. Mientras tanto, su hermana, Elisa, de nueve meses, ya tenía un nuevo vaso para poder beber. Hugo, de cinco años, no sabía dónde meter todo lo nuevo que tenía: una tablet que le había «gustado mucho», un balón de baloncesto, un libro de planetas y bombones y chucherías varias. Y qué decir de Lola, de cuatro años e hija de padres argentinos, quién tenía un bebé llorón nuevo. «Creo que todavía me tienen que traer un elefante», dijo. Incluso Shane, londinense, se había sumado a la tradición española y le había pedido a los Reyes regalos para su hija Matilda, de cinco años.

El séquito de los Reyes Magos ahora llevaba tutú o estrellas pegadas al cuerpo, o iba vestido de pulpo o de reno, o cubierto de globos que chocaban contra la gente. Una orquesta iba tocando conocidas canciones como Amigos para siempre o Blanca Navidad. En ese intervalo, Sus Majestades tuvieron tiempo de cubrir la pedanía de caramelos y confetis mientras se dirigían a la iglesia y a la plaza a repartir los últimos regalos. Los músicos, mientras, seguían a lo suyo: interpretando canciones de El libro de la selva o de Aladdin, así como la archifamosa The final countdown. Era ya la una y media pasada. No podía haber una canción más apropiada para ese momento.

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