Silvestre del Río, ayer, Santa Eulària. | Marcelo Sastre

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Silvestre del Río (Mallorca, 1980) lleva más de una década trabajando con menores, principalmente en el tema del acoso. Asegura que comenzó esta labor de forma casual, cuando uno de sus superiores le propuso poner en marcha una unidad dedicada a estos conflictos. Del Río ha participado en Santa Eulària en unas jornadas contra el bullying.

Es importante la celebración de iniciativas para reforzar la lucha contra el acoso.
—Hay pocas y, a esas pocas, no suele asistir quien debería hacerlo. Suele acudir gente con interés, que ya lo hace bien. Es muy necesario organizar este tipo de acciones preventivas.

¿Quién debería asistir según su parecer?
—Cualquier padre que tenga un niño pequeño o adolescente, así como todos los profesionales que trabajen con menores.

¿Existe todavía miedo o es un tabú hablar del ciberacoso?
—Más que miedo o tabú, creo que hay dejadez. Tenemos la sensación de que lo que pasa en la vida digital no tiene consecuencias en la vida real. Los padres solemos dejar que los niños aprendan solos, en una especie de prueba-error, pensando que no va a pasar nada grave. Lo que hay que explicar es que las consecuencias son reales y que pueden ser muy graves.

¿Su intervención en las jornadas se tituló ‘Conocer la realidad de los jóvenes como forma de prevención en el mundo virtual’.
—Quisimos analizar la nueva forma que hay de acoso escolar y los motivos por los cuales se produce; qué lleva a los menores a aumentar el cyberbullying. El bullying ha disminuido desde la pandemia, pero el cyberbullying ha aumentado. Por eso, quisimos analizar por qué los jóvenes son ahora más violentos con sus iguales.

¿A qué puede deberse este hecho?
—Los menores, en mi opinión, tienen acceso a contenidos inadecuados desde muy temprana edad. Les damos dispositivos, acceso a cualquier cosa, y los padres no nos preocupamos de lo que ven. Los niños están hiperestimulados y ven películas que no son aptas para su edad. Además, siguen juegos o retos solo para tener ‘Likes’ y porque otros niños mayores los hacen, sin darse cuenta de que pueden ser perjudiciales. Estamos generando una juventud que ha normalizado la violencia. Si uno se relaciona de manera violenta, es normal que haya un aumento de los casos de acoso escolar o de violencia de género. Además, durante la pandemia, los niños iban menos días a clase y en grupos más reducidos. Así, es normal que el ‘bullying’ se redujera. En cambio, si los niños antes estaban conectados una media de dos horas al día, durante el confinamiento llegaron a estarlo seis o siete.

Parece que será complicado acabar con el acoso.
—El bullying terminaba cuando sonaba la campana escolar. El otro puede durar 24 horas de los siete días de la semana. Llegan a casa y pueden seguir haciendo daño a otro menor de manera continuada. Antes, quien acosaba, lo hacía desde una situación de superioridad. Ahora ya no es necesario porque se puede hacer cyberbullying desde el anonimato y cualquiera puede crearse una cuenta falsa. Tienen la falsa protección que les dan las redes.

Pero las consecuencias para la víctima serán igual de terribles o incluso más, si cabe.
—-Los acosadores minimizan los daños e, incluso, a veces no son ni conscientes de que están ejerciendo ese acoso, pero la víctima lo sufre incluso más cuando es cyberbullying. En una clase, una acción pueden verla unos diez compañeros, pero una publicación falsa sobre uno o que te insulten lo están viendo miles de personas. En Mallorca, recientemente un joven se quitó la vida porque era acosado. También, hace poco en Marratxí una joven saltó desde un puente de la autopista tratando de quitarse la vida. Es verdad que desde la pandemia se han disparado los intentos de suicidio entre jóvenes e incluso niños y habría que comprobar cuántos casos tienen relación directa con el acoso. Lo que está claro es que es uno de los motivos para que los menores se planteen tomar decisiones tan drásticas.

Según su experiencia, ¿qué se esconde detrás de los acosadores?
—Normalmente es un grupo muy heterogéneo, sin características muy específicas. Cualquiera puede acosar a cualquiera. Antes sí solían proceder de familias desestructuradas, pero ahora no es así. Al final, viven bajo la dictadura del ‘Like’ y, para agradar, intentan que otros gusten menos. Es muy difícil analizar hoy en día el perfil del acosador, aunque suelen ser menores con poca tolerancia a la frustración y con actitudes agresivas. Es complicado determinar por qué lo hacen. Creo que, según estadísticas, uno de cada cuatro menores asegura haber ejercido acoso sobre otros a través de las redes y no saben por qué. En ocasiones, cuando les haces ver que una actitud puede ser acoso, se sienten mal y dicen que no lo sabían y que dejarán de hacerlo, pero el hecho de menospreciar o meterse con otros es una manera muy habitual de relacionarse entre ellos.

¿Qué consejos suele brindar a profesionales y a padres?
—A los profesionales y educadores, que hay que actualizarse más, constantemente. La actualización en temas sociales e Internet debe ser permanente. Hay que estar en continua formación. Como padres, se tienen que implicar más. Si no dejamos a un niño que aprenda a conducir solo, no podemos dejar que empiece a manejar Internet solo. Es un riesgo altísimo dejar que sigan a Youtubers que no conocemos o permitirles jugar con aplicaciones de la que tampoco los padres tienen información. Tenemos que acompañar, guiar y estar encima de los menores.

¿Podrá llegar a erradicarse el ‘cyberbullying’?
—Creo que sí porque no depende de los adultos. Es un delito cometido por menores sobre menores. Con una formación adecuada, creo que podrá reducirse mucho e incluso desaparecer. Me preocupan más otras actitudes violentas o sexualizadas porque lo veo mucho más complicado. Requiere de un trabajo de base que, de momento, no se está haciendo.