Vergara este lunes en las instalaciones del Grupo Prensa Pitiusa. | Manu Gon

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El ibicenco Javier Vergara (Ibiza, 12 de mayo de 1986) se convirtió el pasado 2 de abril en uno de los grandes protagonistas de la segunda edición de la Ibiza Inclusion Fashion Day. Su imagen, con unas alas, un arco y una flecha en la que se podía leer la palabra inclusión, se convirtió en una de las más fotografiadas del desfile que se celebró en el Recinto Ferial de Ibiza, llegando a ser portada de varios periódicos de la isla. Un paso más en la carrera de este polifacético joven que no pierde nunca la sonrisa y que se ha convertido en un ejemplo para mucha gente, tanto a nivel deportivo como a nivel social, después de que un accidente le cambiara la vida por completo con apenas 28 años.

Su foto con el arco y las flechas en la pasarela del Recinto Ferial salió en todos los medios. ¿Cómo recuerda aquel momento?
— Como algo increíble. Es la segunda vez que desfilo en esta pasarela y ya sabía un poco como era el tema. Sin embargo, en las pruebas no me dijeron que iba a llevar un arco y una flecha así que fue todo un poco improvisado. Si es cierto que el día del desfile, cuando me los dieron, me pidieron que enseñara la flecha con la palabra inclusión pero luego la idea de correr sobre la tarima se me ocurrió casi en el momento. Me salió de dentro y creo que fue genial porque impactó a mucha gente.

Más allá de su paso por la pasarela de Ibiza Inclusion FashionDay usted se ha convertido en uno de los deportistas más reconocidos de Ibiza. ¿Cómo se inició en este maravilloso mundo del deporte?
— Después de mi accidente porque aunque ahora me veas así yo nunca fui un joven demasiado deportista. Antes de aquel 21 de julio de 2014 en el que me cambió la vida yo solo hacía deporte una vez a la semana como mucho porque me había acostumbrado a otro tipo de vida. Con 16 años dejé los estudios y empecé a trabajar en la empresa de mi padre de confección e instalación de toldos, luego llegó la hipoteca con mi novia con apenas 20 años y mis amigos de siempre…

¿Fue entonces el accidente lo que le cambió el chip?
— Más o menos pero si es cierto que no fue de manera inmediata. Fue a partir del segundo año, cuando me di cuenta que tenía que recuperar mi vida.

Con un accidente tan grave como el suyo, me imagino que no tuvo que ser fácil.
— La verdad que no. El primer año y medio me intenté hacer el duro, el héroe, y querer demostrar que nada me había afectado y que yo podía con todo. Sin embargo, un día me di cuenta que mi nueva vida no se ajustaba a ir con una prótesis en la pierna y eso empezó a pasarme factura. Me vine abajo psicológicamente y fueron los momentos más duros de todos.

¿Y cómo los superó?
— Siendo valiente. Llegó un momento en el que comprendí que no estaba contento con mi vida y con mi lugar en el mundo y que necesitaba un cambio. Así que decidí marcharme a Asia durante dos años.

¿Menudo impacto para todo el mundo no?
— (Risas) Te puedes imaginar. Un día reuní a mi padre, mi madre, mi hermana y mi sobrina y les solté que en diez días me iba con una mochila y que no tenía billete de vuelta. Les conté que no había marcha atrás, que había alquilado mi casa, vendido mi coche y hablado con la empresa en la que trabajaba. Así que imagínate el panorama… ellas llorando y mi padre intentando asimilar la noticia. Afortunadamente me apoyaron en todo momento.

¿Por qué Asia?
— Porque ya lo conocía de haber estado con mi pareja durante tres semanas y me había transmitido una paz y una tranquilidad que en ese momento de mi vida necesitaba. Y acerté, porque fue la mejor decisión de mi vida. Incluso allí se despertó mi amor por el deporte y mi vida cambió por completo.

¿De qué manera?
— Empecé con el crossfit y con la buena alimentación y todo empezaron a ser cosas positivas. Y un día, noté que era de nuevo el momento de volver a mi isla, a mi casa. Había superado todos mis miedos y cuando llegué aquí todo fue mucho mejor porque empecé a entrenar en el gimnasio a las seis de la mañana con la puesta de sol en primera línea de playa y luego por las noches iba a nadar a la piscina de mi pueblo. Y así hasta ahora, que ya no concibo mi vida sin deporte.

¿Se considera un ejemplo a seguir para muchos otros?
— Pienso que en algunas cosas sí por todo lo que he vivido a lo largo de todos estos años y porque he superado mis malos momentos. Sin embargo, tampoco me considero más que nadie porque todos en esta vida somos ejemplos a seguir con la diferencia de que lo mío es mucho más visible que un padre que, por ejemplo, a visto morir a su hijo, o quien ha perdido de forma dramática un ser querido. Ellos también viven momentos muy duros y muchos los han superado cada uno a su manera. Lo que sucede es que tal vez sea más fácil empatizar conmigo por el tema de la prótesis.

Da la sensación de que no le asusta ninguna barrera. ¿Dónde están los límites de Javier Vergara?
— No tengo. Así de claro (Risas). He aprendido a afrontar la vida de esta manera y sin decir nunca no. El accidente, los malos momentos y lo que he vivido, me han hecho ser mejor persona y, sobre todo, mucho más humilde.

Ahora se ha embarcado en una nueva aventura con Addif. Me han dicho que está muy ilusionado con ella.
— Por supuesto. Hace un tiempo volví a trabajar en mi trabajo en los toldos pero me he dado cuenta que no es algo que pueda hacer siempre así que busqué algo alternativo relacionado con el deporte adaptado y los jóvenes que son dos de mis grandes pasiones. Afortunadamente se ha cruzado en mi vida Addif, proponiéndome ser uno de sus entrenadores y desde hace una semana he empezado con ellos. Y la verdad que no puede ser una experiencia más gratificante.

¿Qué les cuenta a los chicos y chicas que entrena?
— Todos ellos son niños grandes ya que tienen de más de 25 años y por ello lo que hago es transmitirles una serie de rutinas de entrenamiento como, por ejemplo, disciplina, orden o afán de superación. Luego si que cuando terminamos me preguntan por mi accidente y por mi vida porque al final mi prótesis está ahí. Paso las tardes con ellos después de trabajar cuatro horas con mi padre y estoy encantado. Ahora veremos como llegamos al final de temporada y si todo va bien, para la siguiente, puede que nos unamos definitivamente al club.

Habla de su prótesis. Usted la lleva con total normalidad…
— Por supuesto. No hay que esconderla en absoluto. Es cierto que durante los primeros años cuesta adaptarse a la nueva realidad y tienes problemas a la hora de ir a la playa o de tener relaciones sexuales con una chica pero después del momento de bajón que me dio el segundo año, cuando recuperé mi autoestima, me volví a querer a mí mismo y me acerqué de nuevo a mi familia, me he dado cuenta que es algo que siempre va conmigo y que no tengo que esconderlo. De hecho me encanta que se vea.