Imágenes de la 'berenada' este lunes por la tarde. | Toni Planells

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El Puig d’es Molins ha acogido este lunes por la tarde a unas mil personas que acudieron a la tradicional berenada con la que los ibicencos vienen celebrando la festividad de Sant Ciriac desde hace generaciones.

Una berenada que ha vuelto este lunes tras tres años, por la irrupción de la pandemia que obligó a suspender la tradición los dos últimos 8 de agosto, y que fue acogida con un extra de emoción por los cientos de asistentes a la tradicional cita. Eso sí, avanzando al ritmo de la sombra que, poco a poco iba ganando terreno al sol aplastante de este verano.

Un momento de la berenada de este lunes. Fotos: Irene Arango.

No faltaron los sanallons, las tortillas, las sandías, la bebida fresquita ni los chapuzones para combatir la enésima ola de calor que atraviesa este primer verano postpandémico. Tampoco faltaron los juegos tradicionales, la charanga ni la deliciosa paellla que elaboró Fernando Vivancos, de El Tirol, como viene haciendo desde hace más de una década.

Una paella para 800 personas, que Vivancos y sus ayudantes elaboraron con 75 kilos de arroz, 225 litros de caldo y 50 kilos más de marisco y 80 carne. Todos los ingredientes de origen ibicenco, tal como se apresuraba a aclarar Vivancos «El cocinero es murciano, pero la paella es ibicenca», declarana el cocinero tras echar el arroz a la inmensa paella de dos metros y medio de diámetro. Mientras tanto, la charanga, formada por miembros del Patronato llegaba desde Vara de Rey, arrastrando a numerosas personas, cual flautista de Hamelin.

Los más pequeños también tuvieron su espacio, organizado por el voluntariado de S’Espurna, con juegos tradicionales ibicencos como la chinga, sa granera, s’espardenya per darrrera y demás juegos de puntería con el denominador común de los caramelos como premio a los más hábiles en cada uno de los juegos. Pero, sin duda, la protagonista de los juegos, para mayores y pequeños, fue la sandía, de 13,950 kg, cuyo peso debían acertar sin más báscula que sus propios brazos. No fue fácil encontrar quien lo acertara y se llevara la sandía a casa.