José Antonio Guijarro, fotografiado en el Passeig Mallorca durante la entrevista. | Jaume Morey

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José Antonio Guijarro (Sant Vicent del Raspeig, Alacant, 1952) ha sido una de las figuras más importantes y significativas de la Delegación Territorial de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Baleares. Acaba de jubilarse tras 50 años de trabajo, siempre en el mismo organismo estatal, lo que no es muy habitual. Meteorólogo de auténtica vocación, ha destacado en el tratamiento de datos climáticos.

¿Cómo entró en la actualmente llamada Aemet?
—Entré por oposición como ayudante en el Servicio Meteorológico Nacional, que dependía del Ministerio del Aire, en 1971. Más adelante se llamaría Instituto Meteorológico Nacional hasta llegar a la actual Aemet. Cuando empecé había estudiado dos años de la carrera de Químicas. Fui destinado al aeropuerto de Gando, en Gran Canaria, donde estuve un año y medio. Quería estar más cerca de mi tierra, Alacant, y en 1974 obtuve plaza en Palma. Me di cuenta de que la química no era lo mío y estudié Biología en la primera promoción de la UIB. Me doctoré en 1986.

¿Por qué ha querido trabajar hasta casi los 70 años de edad?
—Me gusta mi trabajo y, llegada la edad de jubilación, pedí continuar. Con la pandemia se implantó el teletrabajo y entonces decidí que seguiría hasta cumplir 50 años como meteorólogo profesional. Y así ha sido.

¿Cómo ha evolucionado la meteorología en este medio siglo?
—Los recursos que tenemos ahora eran impensables en 1971. En Gando, nos llegaban por teletipo datos de observación cada tres horas y los anotábamos a mano sobre mapas. Cubríamos Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura, además de El Aaiún y Villa Cisneros, en el Sahara Español. Con esos datos, hacíamos una previsión específicamente aeronáutica. La fiabilidad meteorológica ha mejorado muchísimo. En la previsión de una ola de calor o de frío, o de unos fuertes vientos, que afectan a toda una área, la fiabilidad es muy alta. No tanto en las precipitaciones, que son fenómenos más localizados. Aun así, la fiabilidad actual es en general muy buena.

¿Y son fiables las previsiones a largo plazo, estacionales o a meses vista?
—Para mí no lo son. Resultan muy complicadas. Lo que pasa es que la población pide esas previsiones a largo plazo. Hay gente que hace reservas turísticas en función de ellas. En televisión, la meteorología llega a ocupar espacios muy extensos, incluso con presentadores estrella. En buena parte intervienen las expectativas de ocio, sobre todo en fin de semana. Para un excursionista una previsión de fuerte viento puede ser un fastidio, pero para un surfista puede ser la mejor noticia. En cualquier caso, hay expectativas excesivas, como pedir qué tiempo va a hacer el día de una boda, dentro de dos meses. Vamos a ver, se pueden dar previsiones a largo plazo, pero especificando que su fiabilidad es baja. La fiabilidad empieza a perderse a partir del quinto día de predicción.

El pasado noviembre fue especialmente lluvioso, pero no ha habido grandes inundaciones.
—En muchos países, están unificados los servicios de meteorología e hidrología. Aquí, la meteorología puede prever una fuerte precipitación y avisar con rapidez mediante mensajes a Protección Civil y a los ayuntamientos, desde luego con mucha más rapidez que años atrás, cuando se hacía mediante llamadas telefónicas. Que aquí meteorología e hidrología funcionen por separado no significa que funcionen peor, si se coordinan bien. Pero debe ser la hidrología la que determine las zonas inundables y los niveles de riesgo de una precipitación en concreto, teniendo en cuenta que las cuencas hidrográficas son muy estrechas y que el agua tarda muy poco en correr a gran velocidad.

¿Hay que insistir en que es evidente el cambio climático?
—Los negacionistas dicen que siempre ha habido cambios climáticos. El problema es que no se creen que ahora tiene que ver con el consumo de combustibles fósiles. También dicen que en tiempos de los dinosaurios había más CO2. Bien, es que somos humanos, no dinosaurios. El efecto del CO2 está perfectamente medido. Su presencia en la atmósfera no para de aumentar, retiene parcialmente la radiación de la Tierra y hace que la temperatura suba. Con una atmósfera más cálida, se retiene el vapor de agua invisible, no el de las nubes, y se intensifica el efecto invernadero. En un siglo hemos quemado buena parte del CO2 acumulado en millones de años. Está claro que la temperatura media global está aumentando.

Teníamos a Donald Trump negando el cambio climático porque en algún sitio se había registrado una gran nevada.
—Pediría a los negacionistas qué parte de la expresión ‘aumento de la temperatura media’ no entienden. No es incompatible, por ejemplo, un mes de diciembre muy frío con heladas o grandes nevadas con un aumento de la temperatura media a la hora de hacer balance. Hemos tenido un noviembre muy lluvioso, pero ¿qué pasa si los próximos meses son muy secos o más secos que lo normal? La cuestión no sólo es el cambio climático, sino su velocidad, lo que puede crear problemas de adaptación por parte del medio natural y de las sociedades humanas. Especialmente en la agricultura.

¿Tenemos que estar especialmente preocupados en el Mediterráneo?
—Pueden cambiar las cosas. Con un verano muy caluroso, tal vez el Mediterráneo será más atractivo en invierno, desde el punto de vista turístico. Sería una auténtica desestacionalización. Estadísticamente, ya estamos asistiendo a un proceso en el que el verano se está comiendo la primavera, con unas temperaturas muy altas que se dan cada vez más pronto, en mayo. Los cambios entre estaciones tienden a ser más bruscos.