Santiago Beruete posa con el libro ‘Aprendívoros, el cultivo de la curiosidad’, ayer en el MACE. | Irene Arango

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Santiago Beruete (Pamplona, 1961) es antropólogo y doctor en Filosofía y compagina su actividad docente e investigadora con la creación literaria y la jardinería. Ha escrito varios poemarios, libros de relatos y novelas que han merecido diferentes premios nacionales e internacionales. Sus ensayos Jardinosofía, una historia filosófica de los jardines (2016) y Verdolatría, la naturaleza nos enseña a ser humanos (2018) se han publicado en Turner.

[La presentación del libro 'Aprendívoros' de Santiago Beruete, en el MACE, en imágenes.]

Aprendívoros, el cultivo de la curiosidad es el tercer libro que ha presentado de una trilogía compuesta por dos libros más , Verdolatría y Jardinosofía. ¿Podría resumirnos el contenido de cada uno de estos libros?
Jardinosofía es una historia filosófica de los jardines y que utiliza el jardín como una gran metáfora visual de la buena vida y de los proyectos utópicos que ha hecho la sociedad a lo largo de los siglos. Es contar la historia de la humanidad en clave de jardinería. El segundo es una historia natural de la filosofía que se llama Verdolatría, que intenta responder a las cuatro grandes cuestiones que según Kant debe responder toda filosofía en todos los tiempos: qué me cabe esperar, qué significa ser humano, qué puedo conocer, etcétera, con textos referentes a las plantas, los jardines, la botánica, los bosques, en una clave natural. Aprendívoros gira sobre la educación jugando con la gran metáfora central que es que cultivar es otra de las acepciones del verbo educar y esto no es casual porque los educadores se parecen a los jardineros en el sentido de que también como ellos trabajan para el futuro y comparten esa fe en la semilla.

¿Cómo se entrelazan sus facetas de jardinero, filósofo y escritor en sus obras?
—La gente se sorprende porque las dos primeras hojas de Jardinosofía empiezan como preparando el terreno porque estos libros no se podrían haber escrito nunca sin alguien que no se hubiera manchado antes las manos con el barro, encallecidas por el uso de herramientas. Nacen de una experiencia muy vivida de construir un jardín en un terreno boscoso durante cinco años que coincidió con una crisis personal muy dura, y, a la vez que iba ajardinando el terreno, me iba ajardinando a mí mismo, mi mente. Después me había dedicado a la literatura y a la filosofía pero académica, novelas poesías y relatos, pero estos libros que nacen de la experiencia vivida son los que más alegrías me han dado, los que me han llevado a hibridar todo lo que yo sabía de filosofía, de narrativa y de mis experiencias como profesor.

Aprendívoros es el último libro de la trilogía que ha presentado. ¿Cómo se ha estructurado?
—Se ha estructurado en cuatro apartados como si fueran las cuatro partes de un árbol: las raíces o una cultura sin código de barras; el tronco o una educación bioinspirada; las ramas y las hojas: el ecosistema del aprendizaje y los frutos o las semillas del goce de aprender. Porque entiendo que en los tres libros el título y la propia estructura ya transmiten el mensaje.

El principio del libro arranca con una reflexión sobre el cambio climático. ¿Por qué?
—Porque es el reto más visible. Estamos sufriendo el proceso de la pandemia con mascarillas, que parece ser un preámbulo de lo que podría suceder si no ponemos remedio a la emergencia climática. Es muy presente para los chicos jóvenes y es una preocupación muy intensa que han vivido los dos últimos años y también porque en el cambio climático están encriptados todos los grandes retos, el modelo productivo, la desigualdad de género... Creo que no podemos llegar a una equidad climática si no hay una equidad de género y muchos otros problemas que nos afligen desde el control tecnólógico a la violencia de género, desde la desigualdad económica al populismo están implícitos en este problema de la emergencia climática.

La transición hacia un futuro sostenible además de energético y económico debe ser moral. ¿Un cambio de mentalidad a través de la educación?
—Sí, porque la educación es una poderosa herramienta para transformar las conciencias. Cultivar y cultivarse es el tema del libro. A veces nos olvidamos que sembrar las mentes es una expresión que utiliza Platón, el padre de la filosofía, y es una metáfora muy poderosa, volver a los orígenes de la filosofía y una reivindicación muy fuerte de la filosofía y de los padres de nuestra tradición. Quizás ahí estén muchas de las respuestas que buscamos. A la hora de afrontar los retos no solo necesitamos las soluciones tecnológicas; para hacer una transición ecológica se necesita responder a la verdadera pregunta filosófica por excelencia que es cómo queremos vivir y no podemos hacer esa transición sin hacer nuestros los valores que ha abanderado la filosofía siempre, que es la prudencia, la moderación, la suficiencia racional...

¿El individualismo imperante en nuestra época y la escasa sensibilidad hacia los que vienen detrás es uno de los principales defectos que nos impiden evolucionar?
—La idea de que nos hemos vuelto individualistas y consumistas, que toda la sociedad de consumo en la que vivimos y este modelo de vida nos está alentando el individualismo y rompiendo los sentimientos de comunidad y pertenencia en vez de volvernos rebeldes, nos estamos convirtiendo en personas autorreferenciadas, deprimidas, narcisistas, encerrados en una burbuja tecnológica que es una buena metáfora de nuestro tiempo y ya quizás la máxima expresión ha sido el confinamiento cuando el aislamiento social se ha convertido en la imagen de lo positivo.

¿Cultivar un jardín es como cultivar a una persona?
—No solo tenemos que cultivar a los otros, sino a nosotros mismos. El libro habla de la introspección, de autoconocimiento, de conocerse a uno mismo, de la terapia del alma de la que hablaba Sócrates. El cultivar y cultivarse son dos caras de la misma moneda. No basta con educar. Hay que formar y eso exige que las personas se conozcan por dentro, desarrollar la flexibilidad mental, el espíritu crítico, la capacidad de dudar...

¿La curiosidad y la capacidad de asombro es tan importante en la enseñanza?
—El asombro es la emoción filosófica por excelencia, es la Metafísica de Aristóteles, no debemos perderlo porque es virginal en los niños y si sabemos alimentarlo es lo que nos permite gozar de una vida plena. Cuando uno pierde el interés empieza a envejecer.

¿Como se despierta la curiosidad en los alumnos?
—Mantenerlos en el asombro es el fertilizante para una mente bien ajardinada. Si tienes su curiosidad, tienes su complicidad a partir de lo que ocurre en el momento y elevarte; hay que ser sincero y auténtico. Ganarse su confianza y utilizar su energía para hacerse con ellos. Uno debe encarnar los valores en los que cree, que en esencia es la ética aristotélica.

¿Qué importancia tiene el diálogo en la educación?
—La filosofía nació como el arte del diálogo, pero no solo con los otros. Hay que aprender a hablar con uno mismo. La simbiosis natural es un diálogo. El pensamiento crítico es otra gran herramienta de la filosofía, conseguir ser dueño de uno mismo y no caer en las falsas expectativas.