La Crónica

Emoción de censura

| Madrid |

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Lo que más me gustó de Abascal es su negacionismo de la moralidad que nos impregna cual grasa de motor concentrada y gelatinosa; es decir, el oponerse a ese afán que tiene los globalizadores y la izquierda cool de educarnos constantemente, como si no fuéramos capaces de discernir por nosotros mismos y tuviéramos que estar permanentemente tutelados por ellos que en algunos casos hasta plagian tesis doctorales: yo nunca he cortado un árbol, nunca he tirado un papel al suelo, nunca he trepado, siempre he dejado el asiento del bus a una jubilada: ¿Y ahora me tienen que reeducar estos anticasta, sus terminales y multinacionales sostenibles? Educación política, la justa. Soy nostálgico de la vieja normalidad, como dijo Rafa Nadal, no de esta nueva tan absurda y distópica. El hemiciclo ayer muy vacío lo que ya de entrada dice mucho del cainismo que vivimos y de la falta de interés de los políticos por los problemas reales de la gente. Pocos congresista porque el desprecio a Abascal ha sido en este caso no rebatirle sino ningunearle a base de disciplina de partido ‘binario’, del PPSOE. Día pasado por agua en Madrid, en los alrededores del Congreso nadie, ni el Tato, salvo seis lecheras y un montón de periodistas cobijados en los toldos a la espera de nada. Los leones en su sitio. Enfrente del Congreso, la Embajada de México del Sánchez azteca, me refiero al antijuniperiano y también doctor, con su mujer, López Obrador (cuyo asistente sale en un capítulo de la serie ‘El Chapo’).

Como curiosidad, la de ver a Manuel Castells, ministro de Universidades salir del Congreso deprisa, deprisa, no con camiseta eco-digital biodegradable reivindicativa sino con un traje azulado, se ve que ayer le tocaba trabajar, cosa rara. Una persona que parece no estar en su insano juicio pasa junto al Congreso balbuceando y haciendo señales muy ofensivas para los representantes de la Cosa. Lo escandaloso: cientos de personas pululando y revoloteando dentro y fuera del Congreso que no pertenecen a la economía productiva y que cuesta un potosí mantenerlos. Cada ministro, dos coches, seis asistentes y multiplícate por cero que diría Bart Simpson. Mucho bote que chupar en tiempos de coronavirus, de carencias y de gente que lo está pasando muy mal. Se echa de menos al astronauta en la bancada del Gobierno de España.

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