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Uno de los indicadores para determinar la riqueza en términos económicos de un territorio es el Producto Interior Bruto (PIB), cuya evolución en Balears ha sido negativa en las últimas décadas si se compara con el resto de comunidades autónomas. Del liderazgo de 1995 que ostentaban las Islas se ha descendido a la séptima plaza en 2015, un retroceso que tiene dos factores determinantes muy precisos: la pésima financiación institucional que obliga al endeudamiento para ofrecer los servicios públicos básicos y el constante incremento de población. La economía balear, en su conjunto, no ha perdido dinamismo durante todos estos ejercicios, pero su capacidad de transmitir a sus ciudadanos los beneficios que genera está claramente lastrada.

Más allá de la estadística. Los datos referidos a la evolución del PIB balear, los últimos recogidos el año pasado, transmiten mucho de las dificultades a las que tiene que hacer frente nuestra economía para poder seguir siendo garante de la prosperidad y bienestar de los ciudadanos. Con una estructura que ha logrado capear, no sin dificultades, la crisis gracias al buen comportamiento de la demanda turística durante todos estos años, Balears sigue siendo un polo de atracción migratoria. De este modo se genera el bucle que explica la espiral descendente de nuestro PIB. La caída se acelera desde el momento en que el modelo de financiación del Estado a nuestra Comunitat en absoluto ofrece un margen de capacidad de maniobra para corregir estra progresiva pérdida de PIB.

Financiación justa. La cuestión no es recuperar el liderazgo del PIB autonómico, el eje del problema está en asumir que Balears no puede seguir aumentando su diferencial entre lo que aporta y recibe del Estado, una balanza que cada vez perjudica más a los servicios públicos que reciben los ciudadanos y también resta competitividad a nuestras empresas. En esta tarea es imprescindible que además del compromiso político en la reivindicación también figure el compromiso social.