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Los Apóstoles de Jesucristo no ocultaron las flaquezas y miserias, sino que las contaron con sinceridad a los primeros cristianos. En el Evangelio de hoy ha quedado constancia histórica de aquellas debilidades de los que iban a ser columnas de la Iglesia. Hay grandes santos que en su vida anterior habían sido grandes pecadores, como S. Pablo, S. Agustín, y tantos que por obra de la gracia, llegaron a la cima de la santidad. Nunca debemos ser pesimistas al considerar nuestras propias miserias. Debemos pensar y decir como San Pablo a los filipenses: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».

En la oración cuando pedimos algo, debemos estar dispuestos a aceptar por encima de todo, la voluntad de Dios, aunque no coincida con nuestros deseos. El Señor sabe ( mejor) lo que nos conviene. No es necesario decirle lo que nos ha de dar, El ya sabe lo que nos interesa y lo que deseamos. A veces no sabemos lo que pedimos. Hay cosas que se pueden pedir de un modo absoluto, p.e., la fe, la caridad, la humildad, la salvación eterna. El ejemplo y las palabras de Jesús son como un impulso para que todos sintamos la obligación de vivir el auténtico espíritu de servicio cristiano. Sólo el Hijo de Dios que bajó del Cielo y se sometió voluntariamente a tantas humillaciones, puede pedirnos que nos hagamos los últimos, si queremos ser los primeros.

Hoy celebramos el Domund. El día de las Misiones. Este día, y durante todo el año debemos pedir por la propagación de la Fe. Es decir para que Jesucristo, el Señor, sea conocido y amado por todos los hombres y mujeres del mundo. Jesús, en la última cena suplica: «Que te conozcan a ti, Padre, y al que has enviado al mundo». Nuestro Señor Jesucristo es el único Salvador del mundo, y nadie irá al Padre celestial sino por su Hijo y Señor nuestro Jesucristo. Nunca debemos olvidarnos de rezar por las misiones.

Los enfermos, los que sufren, todos los Hijos de la Iglesia, ofrezcan su vida con amor y paciencia a favor de los misioneros y misioneras. Además todas las personas de buena voluntad ayuden a las Misiones con su ayuda económica. Las colectas de todas las misas se entregarán por las obras evangélicas y sociales. Seamos generosos según nuestras posibilidades. Dios no dejará de premiar a todos los que con amor quieren y pueden ayudar. Gracias en nombre de los misioneros. La Iglesia a lo largo de la historia, continúa la misión de Cristo al servicio de los hombres. Nuestra actitud ha de ser la del Señor: servir a Dios y a los hombres con visión sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio. Basta que tengamos la satisfacción y la alegría de haber hecho una obra buena.