Opinión / Lucas Ramon Torres

Primer domingo de Cuaresma (Mt. 4,1-11)

| IBIZA |

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El pasado miércoles, con la imposición de la Ceniza, comenzamos el tiempo de Cuaresma. Es un tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua. La Iglesia nos invita a escuchar la Palabra de Dios, a reconciliarnos con Dios y con los hermanos, a practicar la oración, el ayuno y la limosna. Esta santa Cuaresma es la gran ocasión para vivir este tiempo de gracia y de perdón. Jesucristo nos brinda la oportunidad para reformar nuestra vida en relación con Dios y con nuestros semejantes. En este primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de las tentaciones de Jesús. Antes de comenzar su obra mesiánica y, por tanto, de promulgar la Nueva Ley o nuevo Testamento, Jesús, el Mesías, se prepara con la oración y el ayuno en el desierto. La Iglesia sigue el ejemplo de Jesús al establecer anualmente el tiempo de ayuno cuaresmal. Con este ayuno de 40 días, la Iglesia está llamada cada año a seguir a su Maestro y Señor si quiere predicar eficazmente su Evangelio.

El capítulo cuarto de San Mateo nos ha dicho que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. La escena del Evangelio de las tentaciones de Jesús no deja de ser un misterio. Ante la tentación, el Señor reacciona rechazándola. Los cristianos estamos invitados a prepararnos con la oración y penitencia. La tentación en sí no es pecado; de lo contrario, el Señor no habría permitido ser tentado por el demonio. En la oración dominical le decimos a Dios que no permita que caigamos en la tentación, que nos libre del maligno.

La Iglesia pide a todos sus hijos que practiquemos la limosna ayudando, según nuestras posibilidades, a las personas más necesitadas. Que escuchemos con espíritu de fe la palabra de Dios. Que nos acerquemos al sacramento de la confesión. Una buena confesión nos otorga la alegría del perdón, nos da paz interior y nos ayuda para evitar posibles pecados. Sin la gracia del Señor no podemos vivir y permanecer unidos a Jesucristo y a los hermanos por el amor; de ahí la necesidad de la oración. Al estar junto al sagrario, nos encontramos con Cristo que a todos nos espera. Es muy importante y espiritualmente provechosa la visita a Jesús sacramentado.

En un ambiente de recogimiento, intentemos hacerle un rato de oración en actitud de adoración silenciosa. Jesús, en la Eucaristía, nos espera y nos recibe a todos.

Que esta santa Cuaresma nos ayude para que seamos más caritativos, más afables, más cristianos. Vivamos la alegría de la Fe y del amor fraterno.

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