opinión

La mala estrella

| Ibiza |

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Ahora, estoy seguro; el inescrutable sino, la alineación arbitraria de los astros infinitos, los dioses caprichosos que nos contemplan perplejos cual insectos cubiertos con mascarillas desde lejanos Olimpos o Walhallas o, posiblemente, la conjunción de todo hermanado con la mala estrella tan enraizada en los avatares y costuras del pueblo español, haya querido, designado o, simplemente dejado que nos cayese encima.

Cual el misterioso individuo que tantísimas veces perdiese la bola durante el último Sorteo de la Navidad, que de entre todos los países del globo terráqueo, una vez más, salgamos nosotros agraciados con todos los premios gordos de la mala suerte.

Y es así que lo pienso, no puede ser de otra forma... y tras analizar artículos de prensa, escuchar tertulianos y expertos, consumir jornadas maratonianas de telediarios clónicos con sus estadísticas de altas de ancianos, altavoces de canciones de antaño y balcones desbordantes de festiva alegría.

Además de sobrevivir a 75 días confinado con cuatro hijos, ahora, concluyo y afirmo, lo hago sin recato alguno, que el ensañamiento del COVID 19 por dos veces con nuestra Patria, catapultándonos a la cabeza en todos los ratios negativos y sus devastadoras consecuencias económicas y sociales,(ahí está nuestro particular Katrina multiplicado por mil) solo puede obedecer a designios y fuerzas (¡cómo se echa a faltar Cuarto Milenio!) que escapan al control y la comprensión humana. Del control del Gobierno, seguro.

Porque… cavilo yo…. ¿qué, si no, indescifrables fuerzas diabólicas por medio de hechizos han conseguido lograr que una y otra vez los respiradores, mascarillas y material médico que se compraba en los chinos de la esquina y a los amiguetes resultasen tantas veces defectuosos?.

¿Qué, sino el hálito venenoso de trasgos y brujas puede estar detrás de la confusión mental de nuestros asesores, y los asesores de estos, que pese a contar una y otra vez, (¡deben contarlos con la punta de los dedos!) yerran sobre el número de fallecidos sin haber llegado todavía a conclusión alguna?.

¿Qué otra cosa que cábalas confusas, horóscopos adversos y profecías mayas encriptadas deben de haber extendido su nefasta influencia para que siempre los pronósticos resultasen invariablemente fallidos? ¿Qué criatura del averno en una ostentación del mal en estado puro, exigió, para desdicha del personal sanitario y los enfermos, que al frente de Sanidad pusiesen a un licenciado en filosofía (salvo para aleccionarnos sobre el estoicismo ineludible a partir de ahora) y de portavoz, a un individuo de voz aguardentosa que antes acertara a traducir uno de los papiros del Mar Muerto o el Códice de Voynich que a balbucear una sola previsión correcta?.

Y, finalmente, la prueba irrefutable del algodón que no engaña, de la nigromancia rampante, del aquelarre tumultuoso de los idiotas que mienten y usan de sus oscuras artes para embrujar al pueblo, eso sí, al pueblo adormecido por los romances taurinos, las traiciones e infidelidades del famoseo y los vaivenes de fútbol sin espectadores… ¡El Comité de expertos inexistente! La evidencia irrebatible desvelada por el Gobierno de que los que nos han estado confinado en nuestras casas eran puros fantasmas, espectros que desde el más allá del Aqueronte les habrían revelado al Señor Illa y sus secuaces.

Deduzco que por medio de telepatía o sesiones de hipnosis astral, las medidas a seguir o lo que era más adecuado para nosotros los vivos, ectoplasmas, que ahora ya conocemos y nos deja más tranquilos, que durante varios meses han decidido desde sus cubículos etéreos las medidas sanitarias a tener en cuenta para vencer a otro organismo, a sí mismo, de naturaleza invisible… Brujería y magia impregnándolo todo. ¡Lo dicho, estamos gobernados por fantasmas!

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