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Tiempo hasta para perderlo. Tiempo para volver a ver las mismas películas antiguas que disfrutaba acurrucada en el pecho de mi madre cuando era una niña, arrebujada de nuevo junto a ella bajo una manta.

Tiempo para preparar un cóctel de marisco soso pero lleno de amor en una Nochebuena de nuevo mágica. Tiempo para visitar mi bodega preferida, donde escoger los mejores vinos con los que brindar en familia, o tiempo para, simplemente, perderme en un largo paseo del que volver canturreando al amparo del biombo de la mascarilla.

Tiempo para medir las risas de mis sobrinos mientras buscaban las llaves de las cajas de caudales que les escondí por casa, cuajadas de sorpresas y de monedas de chocolate. Tiempo para escucharlos, para compartir confidencias con ellos y para redescubrir a las personas tan maravillosas y diferentes en las que se están convirtiendo. Tiempo para sentir sus abrazos largos y honestos, para irme de cena con mi madre y con mi hermana y para terminar, muertas de la risa y cogidas del brazo, la velada paseando por una Plaza Mayor desierta. Tiempo para observar las luces de cada ciudad, para recrearme con sus calles limpias y amplias y para recordarme y regresar a cada instante único vivido en ellas.

Tiempo para hacer la ronda de vinos por los bares del barrio de mi infancia, para comer o cenar tarde, sin importar la hora, o para perderme entre cajas donde redescubrir los poemas que escribí en la adolescencia, los comentarios en los libros del instituto o las prendas imposibles en las que nunca podré volver a habitar.

Tiempo para leer entre vuelo y vuelo, en el tren o antes de dormir. A mí, que mido las vacaciones en libros, en esta ocasión me han llevado hasta el Tíbet de la mano de Javier Moro, hasta las trincheras del Ebro con los certeros disparos de Pérez Reverte o hasta la triste Alegría de Manuel Vilas. Así, y aunque mi cuerpo solamente se ha desplazado entre Madrid, Aranda y Granada, mi mente ha estado en cientos de lugares, deliciosamente perdida entre experiencias y letras.

Tiempo para ir de viaje a un destino que desconocí hasta que el AVE anunció la última parada y para reñir a Sabina y decirle que no todas las canciones entonan siempre verdades, ya que no solamente podemos volver al lugar donde fuimos felices, sino que debemos hacerlo, aunque sea asidos a otras manos y a otros sueños.

Tiempo para ser una turista más en mi propio país y recorrer mercados, tablaos, barrios, cuevas, catedrales, palacios y jardines.

Tiempo para dormir hasta que las sábanas pesen y desayunar un chocolate con churros en pijama al mediodía. Tiempo, ¡bendito tiempo!

Tiempo para desperdiciarlo, para regalarlo y para perder su noción, porque lo mejor de esta Navidad ha sido gozar de lo más valioso, privilegiado e intangible que tengo: ese tiempo de calidad y de verdad con los míos.