Una imagen de archivo de ses Salines. | Archivo

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En el ocaso de la legislatura, las distintas formaciones políticas ya vomitan su argumentario para movilizar a sus parroquianos. Se vislumbran los primeros conatos de populismo vacuo y se repiten los mantras de los que se servirán en una campaña electoral que se antoja amarga.

Tras las hipérboles sobre la maldad del adversario, los electores deberemos encontrar el contenido enmarañado bajo la propaganda. En las Pitiusas nos encontramos en una situación crítica, a pesar de lo «buena» que va a ser esta temporada en la que, de nuevo, sufriremos una masificación hostil que seguirá esquilmando nuestros recursos y nuestra paciencia.

Aunque en la actualidad pudiera parecer un ejercicio de realismo mágico, el consenso entre el eje izquierda-derecha es imperativo en algunas cuestiones. El crecimiento desbocado no es otra cosa que el anuncio apocalíptico de la destrucción de la calidad de vida que nos aportaba cierto equilibrio en el pasado reciente.

Por ello, no se debe patrimonializar electoralmente la idea del decrecimiento para dar paso a un consenso necesario que ponga coto a la desmesura. La mano invisible de Adam Smith no servirá de nada cuando nos hallemos en un punto de no retorno. Corremos el peligro de provocar una fuerza centrífuga que invite a la gallina a poner sus huevos de oro en otros destinos más previsores que no se hayan abandonado ciegamente a la agresión del capital. Los acuerdos en este sentido son la única oportunidad para salvarnos de morir ahogados por la masificación. Poner coto a los beach clubs, a la entrada de vehículos y perseguir la oferta ilegal para reducir la presión demográfica son medidas no sólo inocuas para nuestra economía, sino necesarias para salvaguardarla. Aún estamos a tiempo, pero se requiere conciencia y valentía.