No hemos empezado el verano e Ibiza ya presenta síntomas de colapso. | Daniel Espinosa

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Venecia se ha alzado como la advertencia que todo destino turístico de masas debe tener presente para no morir sepultado por la ambición. En Ibiza son muchos los empresarios extranjeros que han puesto el ojo en nuestra ínsula no para protegerla y cuidarla, sino para especular y esquilmarla independientemente del coste que ello tenga para el medioambiente o para los residentes.

 El genial director Álex de la Iglesia ha estrenado «Veneciafrenia», una obra de arte en la que acaricia un problema social como es la masificación desde el prisma más adecuado para la temática: el terror. Cruceros que no paran de desembarcar miles de turistas, residentes hastiados que se ven obligados a huir de la ciudad y una secta de dementes dispuestos a asesinarlos para generar miedo y con ello recuperar el esplendor que antaño tuvo la ciudad de los canales. Todo ello bajo el lema de la vendetta del Rigoletto de Verdi.

En nuestro caso todavía vemos la tragedia demasiado lejana y nos regocijamos en el suculento negocio que generan las hordas de turistas que alimentan una economía ficticia en la que, tras el ‘lujo’ del que se lucran unos pocos, se esconde la precariedad, la escasez de vivienda y el filibusterismo. ¿De qué sirve el lujo si no tenemos calidad de vida? ¿A qué precio vendemos nuestra isla y el futuro de las generaciones venideras?

No hemos empezado el verano e Ibiza ya presenta síntomas de colapso y hastío. Si a ello le sumamos la incompetencia política, nos queda un tablero dispuesto para que venza el caos. La hybris por el dinero no debe cegarnos e impedirnos ver el futuro que estamos creando. Si nos abandonamos a esa locura, en lugar de ver morir a una hija como Rigoletto, comprobaremos como se marchita nuestra madre: la tierra que nos dio una oportunidad.