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Los precios de las cosas (lo que vale un peine) constituyen entre el 19 y el 24 % de los contenidos que configuran la actualidad, y en tiempos inflacionarios, el porcentaje puede elevarse al 38 %. Todo son precios, sólo se habla de precios, incluso cuando se debaten asuntos filosóficos, legislativos o futbolísticos. Porque lo único importante de cada cosa o idea es su precio, cuánto vale, y sean bodas, funerales o calamidades colectivas (el cambio climático), hay que adjuntar un listado de precios. La realidad misma es siempre cuestión de precios, y sin duda hay otras realidades, pero o no valen nada o son demasiado caras. Mucha gente puede pensar que jamás se había hablado tanto de precios como ahora (¡la inflación!), y que nunca habían sido tan decisivos para contar la realidad. No, lo que pasa es que nunca hubo tanta gente que no sabe nada, cuya memoria cultural es su móvil, y sin embargo mandan mucho. Su ignorancia les empodera. Porque hace 200 años ya era costumbre de la literatura realista citar los precios de las cosas, sin los cuales el lector no se creía nada, y había más cifras de precios en las grandes novelas que en un supermercado. Balzac, Dostoievski y Dickens, así como Víctor Hugo, anotan el precio de todo; por Gógol no sólo sabemos el precio de un capote, sino el de las almas (muertas). Mark Twain especificaba los precios de huevos, mantequilla, pollos y café, y no olvidaba el del whisky (cinco dólares el galón) y los cigarros (35 centavos el centenar, salvo los de Connecticut, a 10 dólares). Sí, los precios siempre han hecho esas cosas. Se vuelven locos con suma facilidad. Y no únicamente son el grueso de la realidad, sino del pensamiento y la intimidad. Hugo, el de Los miserables, además de llenar de precios sus novelas, anotaba en su diario secreto el precio de verle esto o tocarle lo otro a sus criadas. No revelaremos qué esto o qué lo otro, porque aquí se trata de literatura y no de anatomía. Los clásicos chinos ya decían cuántas piezas de plata valía cada cosa, material o no. Eran relatos de economía, y los precios su argumento. También en el clásico obsceno de 1617 Jin Ping Mei, porque las guarradas tienen su precio. Como todo. Como siempre.