Bartolo Escandell. | Arnau Camarena

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El árbol de los deseos es el único elemento del chiringuito Bartolo de Formentera que continúa erguido. «Un día apareció una rama del mar y decidí alzarla entre dos piedras. Justo en ese instante un turista que pasaba por aquí me preguntó qué era. Sin pensarlo, le respondí que allí podía colgar una concha y pedir un deseo, que se cumpliría».

Bartolo Escandell, propietario del mítico quiosco vecino al Caló des Mort, probablemente no pensó que el árbol de los deseos, como así lo bautizó en ese mismo instante, iba a resistir tanto tiempo, adornado con cientos de conchas colgadas de sus finas ramas. Pero sí. Y ahora es él quien más cree en la magia que, de palabra, le transfirió.

Ayer depositó en el árbol su último deseo en una concha. Deseo que, como bien dicta la sabiduría popular, no se puede contar en voz alta.

Sin embargo, en el caso de Bartolo no es difícil de adivinar. Sobre todo, teniendo en cuenta que el pasado viernes él y los propietarios de seis históricos chiringuitos familiares de Formentera conocieron que no renovarían sus licencias para explotarlos y que estas, según la adjudicación provisional del Consell de Formentera, pasaban a mejores postores.

«Nos equivocamos»

«Nuestra equivocación quizás fue pensar que apostar por el medio ambiente y el cuidado de Formentera sería lo que más valorarían; pensábamos que las ofertas económicas no tendrían tanta importancia», confiesa Escandell. «Fue un error por nuestra parte esforzarnos más por Formentera que no en el pliego económico».

Y es que, tal y como explica, al salir a la luz el primer veredicto de la máxima institución insular, «nos hemos encontrado con unas ofertas económicas exageradas, que multiplican cinco o seis veces lo que nosotros podíamos prever. No sabemos qué harán para que su negocio sea económicamente viable».

El propietario del Bartolo asegura no haber mantenido ningún tipo de conversación hasta el momento con el Consell y cree que en estos momentos quizás no sería lo más adecuado: «No sabemos su opinión. No sabemos si todo esto estaba premeditado porque lo que querían era dinero y más dinero o si quizás de buena fe creían, como nosotros, que habría ofertas que no se podrían superar». «Puede que haya sido una sorpresa para todos, probablemente haya sido así», afirma.

Bartolo Escandell:
Escandell pide una prórroga de un año por el bien de Formentera y su turismo.

«Una prórroga»

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La polémica, con razón, está servida en Formentera. «Pedimos al Consell de Formentera que haga una prórroga de un año. Daría tiempo para revisar esto y, mientras tanto, seguiríamos dando servicio al turismo. Daría tiempo para pensar bien las cosas y que el turismo no se resintiese», declara Escandell.

Y es que todo ello lleva consigo un problema asociado. «Si el concurso termina dentro de un mes, hasta entonces no se podrá empezar a prepararlo todo. Si la preparación lleva mínimo tres meses de trabajo, abriríamos en agosto. Si abrimos en agosto, ¿qué imagen turística daría Formentera? Se debe recapacitar mucho sobre eso, porque afecta mucho a la imagen de la isla», justifica al respecto.

«Toda una historia»

Al exponer la importancia que le da a la «imagen de la isla», Bartolo demuestra tener bien presente la lección que le dio el entonces alcalde de Formentera cuando fue al Ayuntamento a pedir la licencia para el quiosco, con tan solo 18 años: «Me dijo que era demasiado joven, pero me dio su confianza a cambio de que no solo trabajase por mí, sino por el turismo de Formentera». «No quiero enterarme que ningún turista se va hablando mal de Formentera o de ti, porque el boca a boca es esencial» fueron las palabras textuales con las que el edil le encargó dicha «misión».

El chiringuito se lo traspasó entonces Joan des Pagès, un ibicenco «hippie y pescador, un vividor de toda la vida», según el relato de Bartolo, al que los turistas alemanes le estresaron cuando regentaba un espacio que no consistía más que en «cuatro mesas y una enramada» y en el que intentaba ganar dinero sin esforzarse demasiado.

Bartolo, en cambio, sí tenía voluntad y vocación de trabajar, por lo que su chiringuito ha resistido, contra viento y marea, la friolera de 46 años. Casi cinco décadas y generaciones de formenterers y turistas que a día de hoy se preocupan por él cuando pasean por este punto del litoral y se dan cuenta que el Bartolo no está.

Durante todo este tiempo, el chiringuito se ha desmontado en algunas ocasiones, «cuando la concesión solo era los meses de verano». No obstante, desmantelarlo por completo el pasado mes de diciembre fue «emocionalmente muy doloroso», para Escandell y su familia.

«Lo realmente doloroso, que fue muy, muy duro para nosotros, fue ver cómo al mismo tiempo que desmontábamos venían topógrafos a medirlo todo, a hacer un croquis de la playa y fotos en cantidad, sabiendo que era gente que estaba preparándose para competir contra ti», relató el hostelero.

Desde entonces, el chiringuito Bartolo descansa en el viejo corral de las vacas que hay junto a la casa donde nació el padre de su propietario, que con melancolía manifiesta que «el pasado y el presente al final están juntos. Aun así, esperamos que vuelva a salir», concluye.