Alex Torres en el mostrador del videoclub de su familia. | Toni Planells

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Alejandro Torres (Ibiza, 1960) y su familia han dedicado su vida al cine durante tres generaciones. Su abuelo, Vicent Torres, Vicentet de Ca na Marca, fundó el Cine Torres, en un humilde local de la calle Bisbe Torres de Sant Antoni en 1931. La misma familia abrió el cine Regio en 1972, que continúa con su actividad y mantiene el videoclub Torres, un auténtico templo para cualquier cinéfilo.

— El suyo debe ser uno de los últimos videoclubs, ¿verdad?
— Es muy probable, creo que había uno en Santa Eulària, pero que me parece que lo cerraron. Seguramente somos de los últimos. De hecho vienen extranjeros, a lo mejor de Londres, y me dicen que en su ciudad ya no quedan. Yo les contesto que mira si Sant Antoni es importante que tiene videoclub, y un lugar con videoclub es mejor que un lugar que no lo tiene. Igual que un pueblo con cine es mejor que un pueblo sin cine, y en Sant Antoni hay dos. Pasa lo mismo con cualquier tipo de comercio local, le da una estabilidad y un equilibrio a todo el entorno. Hace no mucho leí que cerraba una peluquería de toda la vida, yo pensé que se perdía una institución y una psicóloga social.

— ¿Cómo empezó el negocio del videoclub?
— Mi familia tenía una tienda de electricidad y de electrónica. Eran los principios de la venta de aparatos de vídeo y también ofrecíamos el servicio de alquilar películas. En su momento también llegamos a tener discos.

— Vivieron ese momento en el que competían diferentes formatos de vídeo, VHS, BETA, Vídeo 2000
— Así es, y al final ganó el peor formato. Los otros eran mucho mejores que el VHS, pero tuvieron una estrategia más inteligente: invirtieron en ofrecer muchas películas y claro, se comieron todo el mercado. Menos mal que con el formato digital se pusieron todos de acuerdo para apostar por un solo sistema como estándar: el dvd.

— ¿Siguen teniendo VHS?
— Sí (ríe), unas 32.000 películas. Si te enseño el almacén te asustas.

— ¿Sólo en VHS?. ¿Y cuantas tienen en DVD?
— Como el doble (ríe). Ahora mismo tenemos un total de unas 99.000 referencias (incluyendo los 32.000 VHS). Más que un videoclub, ya somos una videoteca.

— Tal como dice, lo suyo es una videoteca, ¿han recibido algún tipo de apoyo institucional en este sentido?
— La verdad es que no. De hecho hemos tenido que tirar muchas películas por falta de espacio o por que se han estropeado por no poder mantenerlas. Y mira que siempre hemos aportado material    para los colegios. En este sentido, aunque suene irónico, somos invisibles. Es una pena que se nos deje al margen cuando culturalmente estamos aportando algo muy valioso. Aquí viene gente a buscar películas que no pueden encontrar en ningún otro lugar, y las encuentran por que nosotros decidimos no venderlas. Para nosotros es importante mantener las películas antiguas, más que las nuevas.

— ¿Le han llegado a ofrecer grandes cantidades por una película una película?
— Sí. No me acuerdo de qué película era, pero una vez vino alguien a pedírmela una noche cuando ya estaba cerrando. Efectivamente la tenía, pero no podía vendérsela, era la única copia. Insistió mucho diciendo que trabajaba para una persona que no admitía el no por respuesta. Así que le dije que la película valía 6.000 euros para quitármelo de encima. Se rió y se fue. Nuestra filosofía es que es mejor tenerla nosotros aquí y que la pueda ver cualquiera, que la tenga alguien tirada en un cajón muerta de risa.

— ¿Qué llevó a la decadencia de los videoclubs?
— El todo gratis. La piratería fue terrible, tanto para el videoclub como para el cine. Ahora han llegado las plataformas, pero yo creo que están en el mismo gremio de alguna manera. Tú imagínate que, como en Ibiza funciona el taxi, vienen cientos de coches con conductor llevando a la gente gratis a todos lados. En cuanto se hubieran cargado el sector del taxi vendrían ellos mismos y te cobrarían.

— ¿Se puede competir con las plataformas?
— Sí, ofreciendo la calidad del proceso de consumir. Hablar con personas, no como en Wall-E, que las máquinas lo hacen todo. Dejarse recomendar por alguien que te conoce hace años y sabe lo que te gustará, no por un algoritmo. Yo he hecho eso siempre, a lo mejor he sido un influencer o un algoritmo sin saberlo (ríe).

— ¿Se puede decir que el cine ha marcado la vida de su familia?
— El cine ha sido nuestra vida. Pero el cine marca la vida de la gente. Siempre hay una película que te marca. Ves Carros de fuego y te da por ir a correr. El gran miércoles o Le llaman Bodhi animó a muchos a hacer surf, y cuántos pilotos habrá hoy en día por que en su momento vieron Top Gun. El cine te marca la vida.

— Si tuviera que salvar una sola película de su catálogo, ¿cuál sería?
— (Ríe apurado) Cinema Paradiso, que es la historia de mi familia.

— Hábleme de esa historia.
— Mi abuelo fundó el cine Torres en 1931. Años más tarde abrimos el cine Regio, en 1972 tras ocho años construyéndolo. Empezaron mis abuelos, mis tíos y mis padres. Ahora estamos mis hermanos y yo con ayuda de nuestros hijos. Así que hay otra generación más implicada. Somos una familia de cinéfilos.

— ¿Cómo eran los cines cuando su abuelo abrió el cine Torres?
— Era todo muy distinto, claro. Había un hombre que iba de pueblo en pueblo con una mula a proyectar. Mi abuelo requería sus servicios para proyectar los fines de semana. Entonces solo habría el cine Serra, el Central y el Católico, a parte del Teatro España en Santa Eulària. Él mismo llevaba el proyector y las películas, mudas, por supuesto, que se proyectaban en una sábana. Cuando se llenaban los bancos, la gente traía su propia silla, igual que cuando iban a misa. Eran tiempos en los que se aprovechaba todo, de hecho los bancos del cine acabaron en la iglesia de Buscastell. Hasta las puertas del cine Torres se hicieron aprovechando la madera del mástil de un barco varado.

— ¿Me recomienda una película?
— (Desaparece para volver un minuto después con dos películas en la mano) Lo que hacemos en las sombras, de Taika Waititi. Esta otra es un gran reserva, Sólo los amantes sobreviven, de Jim Jarmush. Si te gusta la ciencia ficción te recomiendo Gattaca, de Frank Tilliez.