‘Tuniet’ en los jardines de su segunda casa, Can Curreu.  | Toni Planells

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Toni Perelló, Tuniet de Cas Mallorquí (Sant Antoni, 1961) es uno de los personajes más queridos, respetados y entrañables de s’Argentera. Un barrio ibicenco de toda la vida, construido sobre el torrente que lleva su nombre, a medio camino entre Santa Eulària y Sant Carlos. Una persona a la que el espíritu de los barrios antiguos le ha acompañado toda su vida. Donde los amigos y familiares de toda la vida le siguen acompañando y ayudando día a día.

— Es fácil encontrarle en s’Argentera. ¿Nació usted en este barrio?
— No. Yo nací en Sant Antoni. Resulta que mi padre, Pep es Mallorquí, era mayoral y cuando nací estaba en una finca por allí. Por aquel entonces, los payeses que no tenían tierras eran mayorales. Iban de finca en finca un tiempo y cuando terminaban se marchaban el día de Sant Joan.

— ¿Su padre fue siempre payés?
— No, se hizo maestro de la construcción. Con el tiempo se compró un solar aquí (s’Argentera) y se hizo la casa. Es que éramos muchos hermanos, nueve, pero, por desgracia, ya solo quedamos tres.

— Su madre tendría mucho trabajo.
— ¡Imagínate! Era María de Cas Campaner y me estuvo cuidando hasta que murió hace unos años. Además, trabajaba mucho ayudando en Can Curreu. Lo malo es que tuvo mala suerte durante su vida con algunas desgracias que nos sucedieron en la familia. A Carmen la atropellaron cuando era una niña, luego Bartolo tuvo un accidente de coche. Más adelante mi padre, Pedro y Vicent (ellos de muerte natural), después mi madre... Ahora vivo con mi cuñada, Catalina, que me ayuda mucho desde que mi hermano Pepitu murió.

— ¿A qué se dedica en su día a día?
— Por las mañanas soy pelapatatas; cada día les pelo un par de cubos a mis amigos de Can Curreu y luego desayuno allí. Me encanta pelar patatas, pienso hacerlo hasta que me muera. Pero de verdad, a lo que me dedico es a vivir, comer y beber. Yo es que no sé para qué trabajáis tanto si os vais a morir igual.

— Seguro que durante su vida le ha tocado trabajar en algún momento.
— Bueno, sí. Cuando era más joven trabajaba de ayudante de electricista con Pep d’es Curreu. Me subía a los postes de la luz sin arnés ni nada. Ahora ya no, pero cuando era joven era capaz de subirme a cualquier lado. Hasta la cima de un pino si hacía falta. Si cualquiera necesitaba alguna cosa que hubiera que subirse a un poste (cambiar un cable, o lo que sea) me lo decían y yo subía.

— ¿No se cayó nunca?
— No. Hubo una vez, hace años, que uno me perseguía para pegarme. Yo me subí a un poste para que no me pillara y se acabó cansando de tanto esperar. No sé cuántas horas lo tuve esperando allí abajo a que me cansara. Se cansó antes él de esperar que yo de sujetarme allí arriba.

— ¿Por qué le perseguía ese hombre?
— Porque  le pegué una pedrada en la cabeza [ríe]. Pero es que yo había ido a recoger pebrassos, tenía una cesta llena y él me la quiso robar.

— ¿Qué hacía de crío?
— Hacía ‘pestes’ [risas]. No paraba de hacer trastadas. Era muy malo y tenía a la profesora frita. Ella, Doña Poli, nos hacía poner la mano así y nos daba una buena tronchada con su palo de madera.

— ¿Recuerda alguna de esas trastadas?
— De camino al colegio siempre había una fila de niñas y yo pasaba por su lado y les levantaba la falda [risas]. Claro, después doña Poli me zurraba o me castigaba de rodillas con unas piedrecitas.

— Tiene pinta de que doña Poli era dura.
— Un poco, pero es que también es verdad que éramos muy malos. Como ella nos hacía pestes, nosotros se las hacíamos a ella. Cogíamos un boli y arroz y se lo tirábamos    con un canuto, o papelitos con una goma cuando se giraba [ríe]. Siempre había alguno que se chivaba y claro, ella después me pegaba. Pero tranquilo que, a la salida, el que pillaba al que se chivaba para pegarle una hostia era yo.

— ¿Se peleaba mucho con los demás chicos?
— Es que entonces era normal. Éramos grupos de pandillas y nos hacíamos ‘pestes’ entre nosotros. Nos peleábamos todos, pero tampoco es que nos hiciéramos daño. Nos pegábamos hasta pedradas. Los chavales éramos unos diablos. Robábamos uvas, melones, sandías y de todo. Cuando nos veían apretábamos a correr [ríe]. Una vez, uno de nosotros intentó subirse al carro de Pere Felip en marcha y si no llega a parar el carro enseguida le hubiera cortado la pierna. También jugábamos a canicas, a fútbol, a todo... Nos divertíamos mucho.