Susy Pereyra en su local de la Marina. | Toni Planells

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Susy Pereyra (San Roque, Cádiz, 1956) lleva al frente de su tienda, Art-Eivissa, en la Marina, en plena calle de la Xeringa, 46 años. Un negocio que abrió junto a su madre y que mantiene a día de hoy, atendiendo a los turistas de la misma manera que el primer día.

— ¿La tienda que regenta es de tradición familiar?
— No. La tradición de mi familia es militar. Mi padre, Juan, mis abuelos, incluso mi bisabuelo y sus hermanos, fueron militares. Aunque es verdad que esta tradición se acabó en la generación de mi padre.

— ¿Y desde cuándo tiene la tienda?
— Aquí llevo 46 años, contando los que estuve con mi madre, Laura, que fue quién lo abrió, ya con vistas de que me la quedara yo. En el 92 mi padre se puso enfermo y mi madre puso la tienda a mi nombre al año siguiente para seguir cuidando de él.

— ¿Este fue su primer trabajo?
— No. Yo comencé a trabajar a los 13 años. Como no me gustaba estudiar, mi padre me dejó claro que lo que tocaba era trabajar. Así que empecé trabajando en las oficinas de Autorrecambios Isla y Autos Ibiza, ya que mi padre era socio de Juanito Mayans y de los hermanos Colomar, Joan y Vicente. Allí estuve hasta los 19 o 20 años cuando mi madre abrió la tienda, y desde entonces he estado siempre aquí. Al pie del cañón.

— El local de la tienda, ¿no era de la familia?
— No. Mi madre lo buscó para montar la tienda. De hecho, en principio, buscaba más por la zona de Isidor Macabich. La cuestión es que este local era un almacén que tenían alquilado los de la tienda de can Burgus (que eran parientes de mi madre). Un día, hablando en la tienda con Antonio de can Burgus, le propuso traspasarle el local. Así fue. Con los años lo acabé comprando yo y, ahora sí, el local ya es nuestro.

— ¿Comenzó vendiendo ropa, como tiene hoy en día?
— La verdad es que mi madre comenzó vendiendo, sobre todo, cerámica, después ya fueron llegando los complementos y la ropa. Ahora lo que tenemos es un pequeño espacio con cerámica, el resto es todo para ropa. Esta ropa la compramos a fábrica, pero también tenemos a algunas modistas que nos lo hacen.

— ¿Ha notado mucho cambio en la Marina durante estos 46 años?
— Ha cambiado mucho, claro. Cuando abrí ya se hablaba de que estábamos en crisis, pero había todo un río de turistas pasando por aquí delante todo el día. Ahora es distinto, porque hace 46 años zonas como Platja d’en Bossa no tenían el peso que tienen ahora. Los turistas tenían que pasar por aquí. Entonces se veía más vida, tanto en la Marina como en Dalt Vila, no como ahora. La relación con los vecinos era casi como con la familia.

— ¿También ha visto como ha cambiado la clientela?
— Sí, claro. Es verdad que también ha cambiado mucho. Aunque yo tengo la suerte de tener clientela fiel desde hace muchos años. Hay turistas que vienen cada año a verme.

— ¿Entre estos clientes que la visitan cada año, destacaría a alguno en particular?
— Alguno famoso, si quieres. Por ejemplo, Giorgio Armani. La primera vez que vino su secretario se acercó a preguntarme si no sabía a quién estaba despachando. Le sorprendía que no le hiciera especial caso. Claro que le conocía, pero le dije que aquí se viene a descansar y a estar tranquilo, no a que estemos atosigando. Al cabo de un rato me trasladó, de parte de Armani, su agradecimiento por no atosigarle. Eso sí, reconozco que, como le conocía, me puse roja como un tomate cuando me llamaba «signorina». Desde entonces ha ido viniendo cada año que visita Ibiza. Me compra pantalones y alguna cosa más para estar cómodo en su barco. Desde la pandemia no ha vuelto a venir.

— Armani no habrá sido el único famoso a quién ha recibido ¿con todos ha sabido mantener el tipo?
— Sí, han venido muchos. La verdad es que con Juan Luis Galiardo no me pude resistir. La excusa fue que él es de San Roque, en Cádiz. Aunque yo soy ibicenca, como toda mi familia, yo también nací en San Roque, porque mi padre estaba destinado allí cuando yo nací.

— ¿Vivió su infancia en San Roque?
— No. Apenas estuve allí unos meses antes de que destinaran a mi padre a Barcelona. Allí nació mi hermana, María José. Mi hermano, Roberto, ya nació en Ibiza y ya no nos movimos más de aquí. [Hace una pausa y se emociona] A Roberto se lo llevó un cáncer de páncreas hace unos años.

— ¿Volvieron a su casa familiar en Ibiza?
— No. Casa familiar como tal no teníamos. De Barcelona fuimos a vivir con mi abuela, en can Cabrit. Luego estuvimos unos años viviendo en can Bellet y, más adelante, no fuimos a los pabellones militares. Allí estuvimos diez años. Podíamos jugar en la calle, íbamos a Es salt de s’ase, Es laguito. Lo pasábamos muy bien allí, además se celebraba la berenada al lado. Se juntaba toda la familia aquel día, primos, abuelos... todos con su merienda en el sanalló. Hace muchísimos años que no voy. Desde que tengo la tienda me toca trabajar y no puedo ir.

— Supongo que habrá tenido ofertas por la tienda, ¿ha pensado en venderla y jubilarse?
— No. Si lo vendiera no sería capaz de volver a pasar por aquí delante. Tengo mucho vínculo. Solo hubiera sido capaz de venderlo si, por ejemplo, me hubieran dicho que, con eso, podría haberle pagado un tratamiento a mi hermano que le hubiera podido curar. [se vuelve a emocionar].