Fany en su negocio, el Tríplex. | Toni Planells

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Fany Yern (Formentera, 1957) ha estado al frente de uno de los bares más emblemáticos de Puig d’en Valls, el Tríplex, durante décadas. Sin embargo, su vida laboral, así como su preparación, ha sido de lo más polifacética. En los últimos años, comparte su espacio de hostelería con una administración de lotería que ya ha repartido millones de euros entre sus vecinos.

— ¿De dónde es usted?
— Nací en Formentera. Mi familia es de allí de can Jaume Sala. Aunque estuve yendo al colegio a Ibiza, a las monjas de San Vicente de Paul, no me vine a vivir a Ibiza hasta que me casé.

— ¿A qué se dedicaban en su casa?
— Mi madre era María, de Can Pep Simó (de Cala Saona) y mi padre era Jaume de Can Sala (de Porto Salé). Tenían empresas turísticas, los Apartamentos Sala y también de construcción. Recuerdo que, cuando acababan los cursos, nos esperaban los meses de verano para ayudarles en todo lo que hiciera falta. He estado en recepción, contabilidad... Lo que hiciera falta. Se puede decir que me he criado en la hostelería.

— ¿Le tocaba hacer lo mismo a toda la familia?
— Así es. Somos cinco hermanos y todos echábamos una mano, claro. Era una empresa familiar de arriba a abajo, no había ni empleados. Nos ocupábamos de todo entre la familia. De hecho, María, Jaume y Balvina son quienes se ocupan a día de hoy de los apartamentos. Pep, que es el mayor, se ocupa de la empresa de construcción.

— ¿Recuerda los huéspedes a quienes atendían?
— Sí. Eran, sobre todo, familias inglesas, alemanas y francesas. Los italianos no habían desembarcado en Formentera todavía. Siempre tuvimos turismo familiar. Algunas de las familias han estado viniendo durante más de 30 años y ahora quienes vienen son los hijos y nietos. Hacían las reservas de un año para el otro. La relación con nosotros era especial; nos mandaban desde telas para que mi madre se hiciera algún vestido hasta los huevos de Pascua por Semana Santa. Todavía conservo algunas cartas de esa época.

— ¿Dónde estudiaba?
— En Formentera estudiaba en las monjas. A los 11 o 12 años empecé a ir al colegio en Ibiza. A las monjas de San Vicente de Paul. Estaba en Ibiza toda la semana, en la pensión Juanito, en la calle Juan de Austria. Justo delante de donde Lina Bufí daba sus clases de música. Aquí había dos hermanos de mi madre, Jaume y Pep, que eran maquinistas y trabajaban en Gesa. Pero no me cuidaban, como mucho iba a visitarles a Puig d’en Valls, que era donde vivían.

— ¿Siguió de esta manera hasta el Bachillerato?
— Sí. Aunque más que Bachillerato lo que hice es cálculo mercantil para hacer las oposiciones para trabajar en La Caixa. Estuve haciendo prácticas de dirección de empresas en las oficinas de Salinera en Sant Antoni. Pero siempre me ha gustado estudiar, así que hice Psicología por la UNED durante dos años, correduría de seguros o incluso estudios de Nutrición. De hecho, he tenido una consulta de Nutrición y también abrí, junto a unos socios, una oficina de seguros en la Avenida España.

— Laboralmente, según me cuenta, ha sido muy polifacética.
— Sí. Además, monté otros negocios, como Comestibles Ciudad Jardín o la cafetería Tríplex, que la abrí en 1991. Le puse este nombre porque, al principio, cogí tres locales. Lo que pasa es que las crisis que hemos ido atravesando han ido haciendo que los fuera dejando. Hasta ahora, que me he quedado con uno en el que desde 2016 también me dedico a repartir premios. Que es el trabajo más gratificante que he tenido.

— De todas sus facetas laborales, ¿cuál es la más gratificante?
— Dar premios es el trabajo más gratificante que he tenido. Sin ninguna duda. Es emocionante ver que la gente cree en mí, como si fuera milagrosa y pudiera hacer que les toque el premio. Aunque esto no sea así, hay gente desesperada que cuando ve que tengo fe y positividad en lo que hago, confían en mí. Es que está demostrado que a la gente positiva le tocan más los premios, por eso creen en mí y, por eso, al final sacan algo.

— ¿Ha repartido muchos premios en Ibiza?
— Sí. Y no solo en Ibiza. De repente me llegan ramos o plantas, muchas veces desde fuera, que también confían en mí jugando con mi máquina on line. Muchos que han venido a hacer temporada y, cuando se marchan, siguen confiando en mí.

— ¿Algún premio significativo?
— Sí sí. Algunos ‘inferiores’ de 35.000 o 40.000 euros. Pero, sobre todo, uno de más de un millón y medio de euros en 2018.

— ¿Cómo le sentó repartir ese dineral?
— Creía que me desmayaba. Era una persona mayor, enferma del corazón, que cada día venía a sellar el cupón. Cuando vi el premio no me atreví a decírselo. Me limité a llamar a la oficina y pedirle que se esperara. Le dije que tenía que contarle una cosa, pero que tenía que esperar un momento. Acabó preguntándome si me pasaba algo. Imagínate la cara que tendría. Tras 10 minutos eternos le dije que mirara la pantalla. ¡Ni se inmutó!. Lo mandé al banco y le pedí que fuera con mucho cuidado. Aunque fue un momento muy bonito, lo pasé muy mal, sufría por si le pasaba alguna cosa.

— Ha contado antes que se trasladó definitivamente a Ibiza cuando se casó.
— Sí, a los 19 años, con Xicu, que era profesor de Matemáticas y de Física y Química hasta que se jubiló. Nos separamos hace ya muchos años. Tuvimos tres hijos, la mayor era Cristina, que nos dejó hace 15 años. Stella es la segunda y es arquitecta, y Marcos, que es capitán de marina mercante. Ha trabajado en petroleros alrededor del mundo durante mucho tiempo y ahora trabaja en Balearia.

— ¿Tiene ganas de jubilarse?
— Sin duda. Para disfrutar de mis nietas, Cristina y Marina, que están en Alicante. De hecho espero que este sea el último año ya estoy moviéndome para venderlo todo.

— ¿Hay algún capítulo que le quede en el tintero?
— El de que me metí en política, pero ese lo borré de mi memoria. No recuerdo ni del nombre del partido con el que me presenté.