Pepita a la salida del Mercat Nou de Vila. | Toni Planells

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Pepita Ferrer (Sant Josep, 1952), de Can Pep d’en Graner, dedicó buena parte de su vida al trabajo de camarera de habitaciones en un hotel de Platja d’en Bossa. También a criar a sus dos hijos tras separarse en una época en la que el matrimonio todavía se consideraba un sacramento sagrado y de por vida.

— ¿De dónde es usted?
— Nací en Sant Josep, en Can Pep d’en Graner, un sábado de Reyes de 1952. Fui el regalo de reyes de ese año de mi padre, Pep, y de mi madre, Maria (ríe). Ya tenía una hermana que era mayor que yo, María. Después tuve dos hermanas más, primero Catalina y, la más pequeña, Antonia, que murió hace algo más de un año muy joven. Este enero hubiera cumplido 60 años.

— ¿De dónde es usted?
— Mi madre era de Sant Agustí, de Cas Jais. Mi padre tuvo que ir, desde Sant Josep hasta Sant Agustí. Se ve que en su pueblo no había suficientes chicas. Mi padre era albañil y mi madre se dedicaba a limpiar el cuartel de la Guardia Civil de Sant Josep.

— ¿Qué hacía cuando era niña?
— Ya te puedes imaginar: jugar. Íbamos al colegio a Sant Josep, pero no te creas que fui muchos años. Muy pronto me sacaron para ponerme de pastora, a cuidar de las cabras. No te sabría decir los años que tenía, pero no más de siete.

— ¿En qué consistía su trabajo como pastora?
— Lo normal. Llevar el ganado a algunas feixes que teníamos para que pastara y allí lo cuidaba. Al mediodía las llevaba a casa de nuevo y las recogía. Entre todas las hermanas ayudábamos a mi madre en todas las tareas que había que hacer en casa.

— ¿Trabajó mucho tiempo como pastora?
— No sabría decirte cuanto. Pero estuve en casa, ayudando en casa bastante tiempo, hasta que me casé y me fui de casa. Tendría 18 años cuando empecé a trabajar cuidando niños en una casa de unos extranjeros, en San Agustín, durante un tiempo. De niñera, vamos. Eran una familia muy agradable y muy buena gente que iban y venían temporalmente durante el año. Más adelante empecé a trabajar en un hotel, el Dausol. En Platja d’en Bossa.

— ¿Trabajó mucho tiempo en el hotel?
— Ya lo creo. Empecé trabajando con el antiguo dueño, Juanín, cuando solo tenía 25 años y estuve hasta que me jubilé. Haz cuentas. Mi trabajo fue siempre el mismo: camarera de pisos.

— Las cuentas superan las cuatro décadas, son muchos años para un oficio tan duro, ¿no es así?
— Mírame las manos [las enseña y queda patente el diagnóstico que pronuncia acto seguido]: ¡artrosis!.

— Se habrá encontrado habitaciones en todo tipo de estados. ¿Recuerda alguna en especial?
— Ya te puedes imaginar. No te sabría decir una en concreto, pero sí que las dejaban muy sucias. Piensa que eran apartamentos y tenían cocina. Entre el turismo que venía había muchos catalanes y, la verdad, es que se notaba. Dejaban la cocina muy sucia.

— ¿Sabría distinguir la procedencia de los huéspedes según el estado en el que dejaban el apartamento?
— Lo peor eran los catalanes. Si hubieran tenido más platos, más platos que hubieran ensuciado. El resto de españoles, más o menos eran limpios, como los italianos (no todos, también es verdad). Los franceses siempre lo dejaban todo bien limpio y ordenado.

— El trabajo de camarera de piso, las ‘kellys’, ha sido muy reivindicado durante los últimos años logrando mejoras en las condiciones de trabajo. Cuando trabajaba usted, ¿tenía mucha presión?
— No especialmente. A no ser que hubiera alguien esperando. En ese caso venía la directora del hotel y me echaba una mano. Me ayudaba mucho. Yo no puedo decir otra cosa más que trabajé muy a gusto. Tuve la suerte de tener una encargada que era muy buena mujer, Sacramento, que era de Montefrío, Granada. Teníamos muy buena relación. Hace muchos años que vive en Granada, pero nos llamamos, por lo menos una vez cada año para felicitarnos el cumpleaños. Ella también los cumple el 5 de enero.

— ¿Con quién se casó?
— Con uno de Sant Mateu. Tuvimos dos hijos, María del Carmen y Vicent. Los crie yo y no les faltó nunca nada. Además, tengo cuatro nietos: Alba, Nahiara, Aina y Alejandro, todos de Carmen. Pero no tuve mucha suerte con el matrimonio y me acabé separando. Fue entonces cuando me busqué el trabajo en el hotel.

— Eran años en los que no era tan común ni aceptada la separación.
— Así es. Las mujeres aguantábamos mucho. Mientras el hombre se iba al bar, a beber y tirar el dinero jugando a las cartas, la mujer se quedaba en casa haciendo las tareas y todo el trabajo. Era lo normal, mientras el hombre hacía lo que le daba la gana, la mujer aguantaba.

— ¿Le costó mucho separarse?
— No. Fue de palabra: le dije que se fuera, cogió el camino y se fue. No me importó mucho lo que podría decir la gente, yo no vivía con esa gente.

— ¿Piensa que las nuevas generaciones de mujeres ya no aguantan las actitudes de otras épocas?
— Por lo que a mí respecta, quienes tengo cerca lo tiene claro. Tengo una hija y tres nietas y, aunque son muy jóvenes, son muy buenas chicas y trabajadoras.