Es probable que toda persona que haya visitado Sant Antoni de Portmany haya pasado por la Calle de Cervantes ya que recorre un kilómetro y abarca desde cerca del campo de fútbol y de la estación de autobuses hasta desembocar en el Paseo de Ponent. «Es una calle de toda la vida», asegura María Eulalia que vive en sus alrededores desde que nació y, sin duda, tiene razón ya que de las 14 personas que han hablado con Periódico de Ibiza y Formentera un total de 13 desarrollaron toda o la mayor parte de su vida alrededor de esta vía.

Alain lleva dos años viviendo aquí, siendo el más nuevo, y asegura que espera quedarse, pues está encantado con su nueva calle: «Es buenísima, buena buena para el turismo porque pasan siempre por la transversal, está la parada de autobús al lado y es súpertranquila».

Si hay algo que los vecinos de esta calle destacan es la cantidad comercios «de siempre» que dan vida al lugar y en el que están «los mismos clientes de siempre, los mejores del mundo», alega con orgullo Margarita Riera, dueña del Bar Palau. Una cantina que lleva abierta más de 40 años y es un punto de encuentro para los vecinos. Entre ellos Juan y José Torres, dos amigos que con gracia aseguran «es la mejor calle que tenemos porque estamos nosotros». Ellos se reúnen con «un par de amigos» cada miércoles para «hacer un brunch» en el que no se repite el menú gracias a que Juan es el cocinero del bar. De hecho, hoy estaba preparando un frito de asadura. Ya no recuerda «ni tan siquiera desde hace cuántos años nos reunimos, pero unos 30 por lo menos», especula Juan mirando hacia José a ver si tiene la clave. Su amigo, pensativo y reflexivo, recuerda que «desde hace muchos años» cuando «solíamos ser una quincena; ahora quedamos seis».

Del Bar Palau también es conocida su lotería de Navidad, que Manoli por ejemplo lleva comprando 30 años y tuvo la suerte de llegar a recoger ocho millones de pesetas en el año 1993, dinero que usó para terminar su casa. Una casa grande que Eduardo, entre otros vecinos, ayudó a construir y recuerda cómo «una casa muy grande que ellos hicieron para toda la familia». Manoli asegura que «esto no ha cambiado nada», excepto algún que otro comercio y recuerda que justo enfrente del bar su «niña llevaba una tienda que tenía de todo, con su amiga María José». Manoli, oriunda de Sevilla, tiene 77 años y lleva 24 allí viviendo y Eduardo, de cuatro años más, llegó en el año 1968. Para él, lo único que ha cambiado en la calle Cervantes es que «había tierra» en lugar de asfalto, que «había una barbería donde iba a cortarme el pelo y en la esquina montaron un bar para quitarle trabajo al Hotel Tropical». En la otra esquina, ya en ruinas, «había un restaurante de primera», donde fue el bautizo de sus dos nietos y la boda de su hija. «Y aquí sigo, 50 años después, donde lo único que cambia son los extranjeros», sentencia Eduardo mientras mira las calles de una forma que transmite recordar ese pasado tan diferente algunas veces y tan similar en otros momentos.

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Los dos llaman a la hija de Eduardo, Trinidad, quien es conocida justamente por ser «la cuponera». Ella se acuerda sobretodo «de Confecciones María», lugar al que «mi madre me mandaba a hacerme la ropa». Para ella, en esta calle «está la misma gente que antes; yo los recuerdo a todos». Al igual que María Eulalia, de la misma generación recuerda cuando la madre «me mandaba a comprar a la carnicería Can Andreu hace más de 30 años». Para ella, «eran tiempos muy bonitos, los coches no pasaban por la calle, pasaban de otra manera no como ahora que pasan a lo loco», según explica.

Tiendas
Los comercios más destacados por los vecinos son el estanco, Minerva dulce bebé y Selecciones María, las dos últimas conocidas popularmente como «la tienda de los bebés» y «confecciones María» respectivamente.

María Boned Torres, cuenta que regenta su tienda de ropa y arreglos «desde que tenía 18 años y ahora tengo 74». Siendo una joven emprendedora tomó una decisión: «La abrí yo sola que ya había trabajado de dependienta y ya la puse, pero era mucho mas pequeñita. Tuve dos dependientas durante unos años y ahora estoy yo sola. Me arreglo yo sola porque una de ellas se puso mala y lo que hago es abrir menos horas». De ella se acuerdan todos los vecinos y, por supuesto, ella también los guarda en sus recuerdos: «Yo conozco chicas que venían con sus padres cuando eran pequeñitas y ahora ya están casadas y tienen hijos». Aunque reconozca que «todo ha cambiado con los años», asegura que sigue acudiendo a la tienda «gente de toda la vida» pero también «gente nueva».

La tienda Minerva dulce bebé lleva 50 años abierta y «es la primera tienda de bebés de toda Ibiza», asegura Elena que trabaja ahí hace poco pero recuerda «siempre venir con mi madre de muy pequeñita aquí a comprar». Además, «le compré aquí las cosas a mis hijas y espero que ellas le compren aquí a sus bebés», comenta. Es un lugar en el que se siente muy cómoda ya que «es un sitio donde vivía de chiquitita y además los dueños son conocidos del pueblo». Asegura que es un negocio que ha ido muy bien porque además de ser la primera tienda, la dueña para ella «siempre ha tenido muy buen gusto». Sin embargo, reivindica que «internet hace mucho daño», pero aún así este comercio lleva la confianza de sus clientes por bandera.

El estanco también cuenta con medio siglo de historia y es regentado por Margarita, quien lo heredó de su padre. Ella se suma a la afirmación de que «esta calle es la que menos ha cambiado de tipo de negocio y de gente». Cuenta que anda por el negocio desde siempre pues «desde pequeña estaba pegada a mi padre y después ya se jubilaron él y mi madre y pasé a atenderlo yo». ¿Los clientes? También los de toda la vida. De hecho, cuenta «mantenemos el horario de siempre por ellos sino abriríamos menos tiempo por la mañana», pues la gente va comprar tabaco, por supuesto, pero también la prensa y otros productos diarios. Es en ese momento cuando entra Lina que también asegura que viene «de toda la vida», aunque ya no fuma «pero vengo igual» y, en esta ocasión, entró a buscar el sello de conmemoración emitido por el XVIII cumpleaños de la princesa Leonor. La dueña cuenta que «hace tiempo las cosas de colección como los sellos o las monedas las vendían en el estanco», pero «los tiempos han cambiado».