Carnaval 2017, por Jorge Montojo

Los gozos y las máscaras

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27-02-2017

Solo los cretinos desprecian el valor de las máscaras. El término persona en latín quiere decir máscara (por donde sale la voz), con lo que somos todos una panda impostores que representamos una comedia a lo largo de la vida.

A eso podría reducirse la psicología: al campo de la impostura. Si continuamos el transgresor razonamiento es solo en carnaval cuando nos atrevemos a ser nosotros mismos. Prestad atención a los disfraces de vuestros amigos y veréis algo del verdadero yo que mantienen oculto tras la superficie de su aparente personalidad. Pero ¡no pidáis cuentas! Lo que se ve en carnaval es como un recreo entre clases y los chivatos son los únicos que van al infierno.

El carnaval es pues la válvula de escape social, la estampida danzante de los demonios internos, la temporal apertura de la Caja de Pandora del subconsciente. Aparte de la etimología carrus navalis, el carro naval en el que monta el disolvente Dionisos (¡Viva Baco! ¡Viva Bes!), asociado a las ideas de orgía y travestismo, la violación de la razón y el deber, que son dominados por los apetitos y la sensualidad. Paul Morand: “Al final de la pendiente de los muslos, tan fácil de descender, el cucurucho untuoso…” Y la sabiduría sensual del carnaval transforma tal pendiente en un jubiloso eslalon.

Las saturnales romanas, con el intercambio de personalidad entre amos y esclavos, con su inversión del mundo como el orden bocabajo de una carta, son un liberador precedente. Es un retorno al caos primigenio para resistir la tensión ordinaria que impone el sistema.

Carnaval, carnvale. Ya el chevalier de Seingalt centra un capítulo de sus memorias en el carnaval de Venecia. Relata cómo en la ciudad de los dogos las parejas consolidadas se daban un conveniente respiro al iniciarse el carnaval: Los cónyuges escapaban en busca de amantes, dormían en casa ajena (con más o menos discreción), y nunca podían pedirse cuentas de esos días de locura pagana que entraba hasta en los cuerpos más castos.

¡Qué gustazo! Romper la pareja y cumplir las fantasías encamándose libremente, sin complejo de culpa ni miedo al castigo, durante unos días de éxtasis dionisiaco.

De eso se aprovechó bien Seingalt, que no es otro que Casanova, el amador del eterno femenino, que vivió su plenitud con alegría faunesca y siguió siempre la estela de la stultifera navis, la nave de los locos, en la que embarcan aquellos para los que la navegación no es un mero concepto de tránsito, sino una finalidad en sí misma (y en cuyo puente la capitana es una mujer desnuda que te ofrece una copa de vino). Así le fue al filósofo de la acción hasta que el destino, habiéndole concedido tantas gozosas aventuras, dobló su columna para que escribiese, desdentado pero no destetado, sus fascinantes memorias. En caso contrario nunca se hubiera sentado a escribir: él prefería vivir. Sequere Deum, seguir al dios del placer era su divisa.

Casanova animaría tanto a las parejas como a los lobos solitarios a que se den un respiro en este carnaval de aliento afrodisiaco, a que echen una cana al aire sin posesiones ni celos de por medio, a la sabiduría del “dejar pasar” sin pedir cuentas… Porque son unos días y unas noches de moral relajada.

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