Cruzar el Atlántico a remo en 43 días

| Eivissa |

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Mathew Collier ayer recordando su viaje en la sede de El Periódico. Foto: TONI ESCOBAR

Mathew Collier ayer recordando su viaje en la sede de El Periódico. Foto: TONI ESCOBAR

Mathew Collier es capitán de barco y esta afincado en Eivissa donde todas las temporadas trabaja en los barcos que requieren sus servicios. Sin embargo, esta es una ocupación que el marinero realiza para pagar sus facturas en un entorno como el mar que le fascina. Hasta aquí una historia muy normal si no fuera porque a este hombre de mar le cuesta estar en tierra firme. Así es que fuera de temporada realiza retos a los que se enfrenta con mucha pasión. Mathew ha cruzado el Atlántico en varias ocasiones en barco de vela, pero su último reto fue hacer el viaje a remo. El inglés se embarcó el día 19 de diciembre en la isla canaria de La Gomera en un viaje que duraría 43 días hasta la isla de Antigua en El Caribe para celebrar su 50 cumpleaños.

El capitán inglés decidió participar en la Taliska Challenge Race que hacía ese recorrido, aunque su proyecto, en un principio, era hacer la travesía solo. Pero al revisar su economía puso los pies en la tierra y decidió que la única forma de poder financiar ese viaje era participando en la prueba en la que zarparon de La Gomera 19 barcos. Una serie de contratiempos después de la salida lo obligaron a volver de nuevo a la Gomera y allí fue donde conoció a los compañeros que harían con el toda la travesía: un granjero, un exmilitar y un joven de 16 años, que consiguió con este viaje el récord Guinnes al más joven en realizar esta proeza, todos ellos sin experiencia en el mar, «aunque sí habían remado en río». Se conocieron por primera vez en La Gomera, no habían realizado ningún entrenamiento especial y tenían que viajar en un barco de fibra plástica de 1 metro y medio de ancho, 6 metros de largo y aproximadamente 40 centímetros de fondo.

Con 19 días de retraso, después de mejorar algunos aspectos de la nave, salieron del puerto de La Gomera en solitario. ¿El plan? Dos parejas de remeros en turnos de dos horas cada una, «con lo que estábamos remando 12 horas diarias». «En el tiempo de trabajo no parábamos de remar -cuenta Mathew- y en las otras dos horas teníamos tiempo para descansar, comer y hacer nuestras necesidades, lo que no era muy fácil con el fuerte oleaje que hay en alta mar», asegura.

Las camas estaban situadas en los dos extremos de la barca «en una especie de cápsulas». La comida, en paquetes y deshidratada, estaba prevista para cubrir 500 calorías diarias y el agua la conseguían procesando agua de mar «con una pequeña desaladora, que hacía un litro a la hora». Además, la tecnología les ayudó en las comunicaciones con un teléfono por satélite y un pequeño ordenador con GPS en el que se informaban del tiempo y aseguraban las coordenadas.

Los imprevistos vinieron, lógicamente, durante el trayecto «una pipa se rompió y empezó a entrar agua en el barco». Pero el momento de mayor tensión en la travesía surgió en mitad del océano y de noche. «En el Atlántico son normales olas de seis metros, que ves venir allá arriba, pero en un momento cuando mi pareja y yo estábamos remando en mitad de la noche oímos un ruido extraño, como un tren. Era una enorme ola que volcó el barco y que gracias a que estábamos atados a el pudimos coger los cabos y dar la vuelta al barco después de unos minutos de pánico que nos hundían, porque la realidad es que cuando estás en mitad del Atlántico no sabes cuando acaba el mar y cuando empieza el cielo, todo es lo mismo. Cuando recobramos la cordura pudimos solucionar el problema. Nuestros compañeros, que en ese momento dormían en las cápsulas, ni se despertaron», recuerda Mathew.

En cuanto a los mejores momentos de la travesía el capitán recuerda los dos días en los que los delfines navegaron con ellos, «eran alrededor de 30», las tortugas «que hacían el mismo viaje que nosotros» y las ballenas «que surcaban olas gigantes en mitad del océano». «Además paramos en mitad de la travesía para nadar en una zona donde hay 10 kilómetros de profundidad. Es un sentimiento extraño cuando se está ahí», explica. «Las puestas de sol y los amaneceres también eran buenos momentos porque suponían que el viaje seguía adelante», dice.

Los marineros llegaban a Antigua 19 días después en el puesto 16 de la Race. «Si hubiéramos salido con todos seguro que hubiéramos sido los ganadores de la prueba».

Ahora Mathew vuelve a pensar en su proyecto original: hacer el viaje solo para lo que necesita ahorrar 5.000 euros que posiblemente consiga en su temporada en Eivissa.

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