Una imagen de la primera jornada de Fitur. | Arnau Camarena

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Al contrario de lo que ocurrió hace a penas dos meses en Londres, donde la World Travel Market de 2021 mostraba claros síntomas de afección por los estragos de la Covid-19, asistir a la actual edición de Fitur ha sido de las experiencias más frenéticas a las que uno ha asistido en los últimos dos años.

La delegación ibicenca se notaba que tenía ganas de demostrar la valía que tiene la isla, en conjunto, y cada uno de los municipios por separado. Ninguno de ellos ha parado ni un solo instante. Y eso que se han tenido que cancelar la mayoría de eventos que todas las instituciones tenían pensado llevar a cabo fuera de Ifema. Menudo alivio para los periodistas que seguimos cada uno de los pasos de la comitiva, sino nos quedábamos sin tiempo. Aun así, les prometo que la expresión ‘jornada maratoniana’ no podría definir mejor el ritmo que uno vive en Fitur. Y después de dos años tan inciertos, créanme, da gusto escribirlo en estas líneas, donde a partir de ahora intentaré sintetizar horas y horas de trabajo ininterrumpido.

Puntuales, a las nueve de la mañana en el céntrico hotel Bless, el club Ibiza Luxury Destination de Fomento del Turismo ya lo tiene todo listo para recibir a una treintena de agentes especializados e invitados del mundo de la comunicación para arrancar una jornada, nunca mejor dicho, de lujo y en la que la moda Adlib fue la protagonista. Todos ellos, por supuesto, invitados ya a formar parte de los eventos que tienen preparados para el próximo verano con sus 15 diseñadores.

Acto seguido, taxi y a Ifema. El área que rodea el recinto es testimonio de que Fitur vuelve a ser lo que era, después que el año pasado se celebrase tarde, en mayo, y a medio gas. Los accesos al interior de la feria, seguridad anticovid, con pasaporte mediante, también cuentan a los asistentes por miles en cuestión de minutos.

Y, una vez dentro, apenas unos pocos minutos después de las 10 de la mañana, el estand de Ibiza ya echa humo. Sobre todo por parte de todo el sector privado que tiene su hueco en las instalaciones y que vienen con los deberes bien preparados. Las mesas este año no han estado vacías en ningún momento. Reuniones, reuniones y más reuniones.

En paralelo, la gran pantalla del estand sirve para proyectar vídeos y fotogramas en cada una de las presentaciones programadas. Seguidas, casi sin tiempo para respirar: Sant Josep, Vila, Sant Josep (de nuevo) y Sant Joan intentan atraer a los asistentes para ofrecerles sus riquezas culturales, patrimoniales y naturales como reclamo turístico.

Sant Antoni y Santa Eulària no fallan. Ambos municipios no presentan, pero si estan muy presentes. Sus representantes, ocupados en todo momento, atienden visitas interesadas en conocer más a fondo sus rincones. Y en las caras de optimismo se refleja tanto que no cabe explicar más al respecto.

Entre tanto, uno tiene que ingeniárselas para poner en práctica sus milagrosos dones de la ubicuidad.

Y es que, en el pabellón vecino, el estand de Baleares también reclama la presencia ibicenca, en una presentación conjunta de todas las islas. Allí se encuentra, de forma más humilde, Formentera, con la vicepresidenta y consellera de Turismo, Alejandra Ferrer, que nunca falla, y que además este año ha venido acompañada de su sucesora en la presidencia, Ana Juan.

Llega la tarde y se nota. El ritmo se aligera y ya hay tiempo para respirar. Sin embargo Ifema no para hasta las siete. Es hora de cerrar y los miles que entrábamos horas antes, tomamos la dirección contraria. Más cansados, pero satisfechos, porque en Fitur, pese a obligarnos a llevar mascarillas FFP2, se respiran aires, muchos aires de esperanza.