‘Tuniet’ en los jardines de su segunda casa, Can Curreu. | Toni Planells

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Reconozco que me ha encantado la entrevista que ha hecho en Periódico Toni Planells a Tuniet de Cas Mallorquí. Habla con la sabiduría de un Diógenes o un Zorba pitiuso que canta a la vida, rememora una adolescencia dorada y sentencia un magnífico: «No sé para qué trabajáis tanto si os vais a morir igual». Le gusta vivir, beber y comer. Y también pelar patatas para sus amigos de Can Curreu, un garito vibrante y alejado de cursiladas, donde se come estupendamente y la aventura te sale al encuentro.

Algunos de sus recuerdos de al.lot no cabrían con la actual inquisición sexual que predica la ministra Montero, la misma que goza su cargo gracias a una pareja ventajosamente igualitaria, buena prueba del nepotismo sin vergüenza alguna que se practica a diestra y siniestra. Tampoco con la aberrante adicción cibernética que tiene efectos de droga dura: Erase un niño a un móvil pegado.   

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Tuniet levantaba las faldas de las al.lotas, daba algún que otro guantazo a los chivatos y tenía batallas a pedradas con otros rapaces; también tenía habilidad para subirse a los árboles a lo Tarzán, lo cual le salvó de un perverso ladrón de un cesto de pebrassos.

La verdad es que tal entrevista me ha tocado con la varita dulce de la nostalgia, como diría el sureño Capote, despertando unas memorias    que los horteras modernos que pretenden reeducarnos ubican en el Pleistoceno.

Personalmente creo que ha sido un privilegio vivir una infancia alejada de ordenadores y móviles y tanta TV. Al estar libre de tanta propaganda publicitaria, la fantasía crecía y la personalidad se forjaba. Si alguien se aburría, es porque era un memo sin imaginación. Viejos niños y niños viejos, cuando se es realmente joven, se es para toda la vida.