Imagen de archivo de una cola de gente junto a la sede de Caritas. | Toni Planells

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Ibiza es ese lugar en el que se pagan miles de euros por una botella de alcohol en un beach club, en el que los empleados duermen en furgonetas porque no encuentran una vivienda asequible, en el que unos pocos disfrutan de un supuesto lujo excluyente a costa de la calidad de vida de los residentes o en el que se perpetran aberraciones medioambientales bajo el falso pretexto de la sostenibilidad y el crecimiento económico.

La realidad de muchas familias contrasta con el páramo de indecencia que se ha apoderado de una isla frágil en la que, tras los excesos, se esconde la precariedad. Ibiza se está convirtiendo en un páramo de millonarios cuya fuerza centrífuga expulsa a la clase media y trabajadora.

En 2021 Cáritas atendió a más de tres mil usuarios, nada menos que un 38% más que en 2019. Vivimos una paradoja en la que a mayor crecimiento económico mayor es la escasez de algunos. Pagar el alquiler o comer, esa es la dicotomía en la que se encuentran apresadas muchas personas, incapaces de encontrar la justicia social en una tierra abandonada a la abundancia selectiva.

Con mucha menos pompa pero con mucha más decencia (y sin necesidad de zafios ‘influencers’), la organización que dirige Joan Marí repartió el año pasado más de 190 toneladas de alimentos, haciendo suya una responsabilidad que en realidad compete a las administraciones.

«No hubiera pobre sin socorro, si no hubiera avariento sin caridad.», estas palabras de Francisco de Quevedo, inspiradas en la parábola del rico y el mendigo Lázaro que relata el Evangelio de Lucas (16, 19-31) son tan hirientes como amenazantes para aquellos que gozamos de una vida sin penurias en un Edén que cada día se asemeja más a Sodoma, pero en el que afortunadamente quedan ángeles dispuestos a salvarla.