Joan Sardina en su barrio, Ses Païses de Sant Antoni. | Toni Planells

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Joan Torres (Ibiza, 1951) es de Can Sardina. Pertenece a una estirpe de electricistas, unos de los primeros en la isla, aunque él prefirió dedicar su vida al mar. También pionero en este medio, fue uno de los primeros en dedicarse a pasear en barcos, hacer chárter a los primeros turistas que llenaban la costa de Sant Antoni.

— ¿De dónde es usted?
— Soy de can Sardina, los electricistas. Tanto mi padre, Joan, como mi tío y padrino, Vicent, se dedicaban a eso. Yo nací en la Marina, pero a los tres años nos fuimos a Sant Antoni. Le ofrecieron trabajo a mi padre en una estación de electricidad que había allí cuando volvió de la mili en Melilla. Cinco años después encontró una casa payesa en ses Païses, cas Milà. Allí había un terreno en el que sembrábamos y teníamos algún animal. Mi madre, Catalina de cas Murtà (Sant Josep), se dedicaba a cuidar el campo y la casa, que no era poca cosa. También es quién me enseñó a leer y escribir, más con la doctrina que con otra cosa.

— ¿No fue al colegio?
— Sí, pero a partir de los ocho años, cuando vinimos a Cas Milà. Al lado estaba can Gaspar, donde Gaspar nos daba clases. Estuve yendo con él hasta los 12 años, que lo dejó. A partir de entonces fui con Toni d’es Pou hasta los 14, que daba clases en una casa que hay pasada Sa Casilla, a mano izquierda. Esa era la escuela.

— Cuando acabó el colegio, ¿empezó a trabajar en el oficio de su familia?
— Sí, me enseñaron desde bien jovencito. Estuve con ellos (mi padre y mi tío) durante un tiempo. De hecho estuve trabajando un tiempo para la compañía Cobra poniendo tendidos. Pero lo acabé dejando.

— ¿No le gustó el oficio?
— No fue por eso, es que le cogí miedo. Una vez me quedé enganchado en una línea. Era el año 1972. Yo era muy joven y solo me faltaban 15 días para casarme con Antonia (de Sant Mateu), podría haberme quedado allí electrocutado. Así que decidí dejar ese oficio.

— ¿A qué se dedicó desde entonces?
— A la mar, que no da calambre. Empecé como marinero y, poco a poco, empecé a sacarme títulos. Primero de maquinista, después el de patrón y, pumpum pumpum, cada año una clase de patrón más grande hasta llegar a patrón de cabotaje. Tengo un montón. De esta manera acabé dedicando mi vida al mar hasta que me jubilé.

— ¿Cómo se dedicó a la mar, pescando?
— Sí, pesqué durante algunos años, en invierno, en barques de bou, estuve en el Águila, en el Rafael Llopis y en otro que ahora no me sale el nombre. Pero a lo que me dediqué principalmente es a pasear turistas. A llevarlos por las calas con una compañía, esto que ahora se llama chárter. Antes era más fácil dedicarse a eso, a poco que fueras patrón, ya podías llevar pasajeros. No había tanto control como ahora, que hace falta una titulación más elevada.

— Imagino que no estaría tan masificado como está ahora.
— ¡Ya había gente, no te creas!. No dábamos abasto, y tampoco te pienses que éramos pocas barcas. Además, si cada barca podía llevar a 40 pasajero, créeme que llevaban 70. Gracias a Dios nunca pasó nada. Desde ese momento todo cambió muy rápido, por un lado, para que te hagas una idea, un cubata valía 25 pesetas. Pero el turismo que venía era mejor, se gastaban más dinero y se portaban mejor. Cuando se le cobraban las 25 pesetas, si no se tomaban cuatro más, te daban 25 pesetas más como propina. Ahora solo vienen jaurías de rácanos y sinvergüenzas.

— ¿Qué tipo de turistas llevaba en esa época?
— Por un lado, estaban los suecos o los holandeses, que eran buena gente. También estaban las suecas y las holandesas, claro, (ríe) pero permíteme que me reserve las anécdotas con ellas, no vaya a tirarme de orejas Antonia. Lo que pasa es que, por otro lado, estaban los ingleses, y es que siempre han sido igual. Son lo peor. Se pillaban unas cogorzas impresionantes y montaban unas buenas tanganas.

— ¿Echó a alguno por la borda?
— Por la borda no, pero echarles sí. Para esta gente tenía una herramienta especial al lado del timón. Una verga de bou. Una vez había unos que se estaban pasando haciendo el gamberro y, con la verga de bou, pegué una buena hostia sobre la barra. El trenzado del garrote quedó marcado en la madera. Se fue toda la manada corriendo pasarelas abajo. Pero a uno de ellos no se le ocurrió otra cosa que bajarse los pantalones y enseñarme el culo. Mira, (hace una pausa dramática) bajé de un salto y le di con todas mis fuerzas, con la verga de bou, en su culo al aire. Jamás he escuchado unos berridos y unos gritos tan asquerosos: «Ahhhh!, ahhhhh!». Al final me dio hasta pena. Es verdad que después estuve unos días pendiente de que no volviera toda la manada al barco a hacer algo. Nunca volvieron a aparecer.

— En su familia, ¿alguien sigue  su oficio en el mar, o el de su familia de electricista?
— No. Tengo un hijo, Juan Antonio, y una hija, Marilina, y a ninguno le ha atraído ninguno de los oficios familiares. Ni en el mar ni como electricistas. De mis cuatro nietos, tampoco veo mucho interés, y tampoco pasa nada.