Marilina Serra. | Toni Planells

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Marilina Serra (Ibiza, 1967) regenta el souvenir de Cala Pada, un negocio que inició su tía y que ella sigue dirigiendo décadas después. Es testigo desde su niñez de cómo esta playa ha sabido mantener el espíritu del turismo tranquilo y familiar. A su vez, no oculta su inquietud ante el futuro de la playa que la ha visto crecer.

— ¿De qué ‘can’ es usted?
— Yo soy de Can Arnau, mi padre era Toni y mi madre María. Trabajaban en la finca, que estaba en la carretera de Sant Joan, en la venda del Trull d’en Vic. Muy cerca de donde está el restaurante Ses Escoles, que, de hecho, fue la primera escuela a la que fui, con seis años.

— ¿Cómo era esa escuela?
— Pues era un almacén, el almacén de Can Guasch. Allí íbamos todos juntos, niños y niñas de todas las edades. La primera profesora que tuve era doña Celia, recuerdo que, aunque no era monja, era muy religiosa. También tuve a don José y a doña Arancha, que recuerdo que estaba embarazada. Era la favorita de todos, había venido del País Vasco y tenía mucha empatía y mucho cariño. Sigue viviendo en Ibiza, de hecho, ahora coincidimos en Sant Llorenç haciendo clases de Yoga.

— ¿Estudió mucho tiempo en Ses Escoles?
— No. A los 10 o 11 años nos fuimos a Santa Gertrudis, allí terminé la EGB y después a la Consolación.

— ¿A qué se dedicaban en casa?
— Eran payeses. Teníamos vacas, por ejemplo, y mi padre se acercaba a la carretera con los bidones de leche. Allí pasaba una furgoneta que la recogía y se la llevaba a Vila, a la Bomba o alguno de esos sitios. También vendía las terneras y todo lo que podía sembrar en la finca: almendras, algarrobas... Cuando era pequeña mi trabajo era darles de comer a las terneras pequeñitas. Calentaba el agua, con un fuego que hacía mi padre, y después le añadía el polvo y se lo daba a los animales con un cubo.

— ¿Le tocaba trabajar mucho?
— Hacíamos de todo. Tanto mi hermano, Toni, como yo. Si los domingos queríamos ir a la playa, a Cala Pada a ver a mi tía, antes debíamos recoger un dau de alfalfa con un rastrillo antes de partir en el 600 de mi padre. Más adelante lo cambió por un Renault 6 que mi hermano todavía conserva restaurado.

— ¿Quién era esa tía a la que iban a ver a Cala Pada?
— La hermana de mi padre y mi madrina. La tía Eulària. Tenía una tiendecita en la playa, donde ahora está Can Toni, allí vendía prensa y algo de ropa para los turistas. Pronto montó con su cuñado, Pere Pins, el souvenir.

— Imagino que la playa estaría más virgen de lo que está ahora.
— Pues no te creas. Había los mismos restaurantes que hay ahora. Solo que el Toni era la tiendita de mi tía. Además, mantiene el mismo tipo de turismo familiar que entonces. Esto sí es un lujo. El tipo de gente que puedes ver hoy aquí, familias, es el mismo que podías ver hace 20 o 30 o 40 años. ¡Ojalá se mantuviera 40 años más!

— ¿Cuándo pasó de ir a Cala Pada para visitar a su tía, a ir a echarle una mano?
— Muy pronto, con 14 o 15 años. Mi abuela, que vivía con mi tía, me hacía un bocadillo de sobrasada y tomate en Santa Eulària e iba a ayudar a la tía en la bicicleta. A los 16 mi tía me hizo un contrato con un sueldo casi simbólico, unas 200 o 300 pesetas creo que eran.

— ¿Me hablaría de su abuela?
— Mi abuela, Catalina, era una mujer muy trabajadora. Tuvo que mantener ella, con ayuda de mi padre, a la familia porque a mi abuelo, Joan, lo encerraron muchos años en el Castillo por temas políticos. La mujer ibicenca siempre ha sido muy fuerte y trabajadora, llevaban la casa, criaban a los hijos, a los mayores... Todavía tenemos fotos de mi abuelo batiendo en la era. Se las hacía mi tío Juanito, que en esos años ya hacía fotos. Era un hombre muy guapo, un don Juan que siempre estaba viajando y viviendo la vida con mujeres adineradas. Murió muy joven, cuando yo no tenía más que tres años. Mis otros abuelos eran mayorales, estuvieron en distintas fincas, pero la última fue la de Ca s’Ingleset. Los recuerdos de mi infancia están totalmente ligados a las visitas que hacíamos allí a los abuelos y los primos. Hoy en día esa zona no se parece para nada a lo que era. La carretera pasa justo por donde estaba el safareig donde nadábamos. Hacíamos matanzas, vino y de todo lo que se hacía. Recuerdo que mi padre estrenaba unas espardenyes cada año para hacer el vino.

— ¿Trabajó siempre en la tienda de souvenirs?
— No. Cuando me casé, muy pronto, a los 18 años, me fui a vivir a Vila. Entonces hacía solo media jornada durante la temporada. Pero cuando me separé (cuando mi hija, Mónica, tenía 10 años) empecé a trabajar en una joyería, Nicolás y Blumax, en el pasaje Castaví, durante cuatro años. También en una tienda de ropa, Trazos, hasta que mi tía me ofreció quedarme con el negocio. Tendría unos 38 años y, desde entonces, aquí sigo.

— ¿Cómo ve el futuro de esta playa?
— Con preocupación. El hotel de la playa siempre ha sido del mismo dueño, un señor alemán, que se comprometió a mantener el tipo de turismo familiar mientras viviera. Pero ahora está a la venta y temo que lo compre alguien que lo quiera ‘subir de nivel’, solo acepte adultos y acabe echando a las familias. No se enteran de que las familias son el turismo que llega a todos los rincones de la isla. Gastan en todos lados. El turismo de alto standing se queda siempre en los mismos lugares, no les interesan los pequeños comercios como un souvenir. Solo quieren lujo y el lujo se está comiendo a Ibiza. Hoy en día en Ibiza se mueve una cantidad enorme de dinero y, a la vez, hay cada vez más pobreza. La gente no llega a final de mes, no se puede alquilar una vivienda en condiciones, no hay mano de obra... se ha desmadrado todo de una manera que no sabría ni describirte.