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Tomates azules: Bitácora de una distopía, por Montse Monsalve

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Tomates azules: Bitácora de una distopía

Tomates azules: Bitácora de una distopía

Hay unos tomates que se llaman ‘mar azul’. Son medianos, prietos y aplanados. Su color se asemeja más al de las berenjenas y, aunque no evocan las cálidas aguas Pitiusas en las que estoy deseando sumergirme, morderlos obliga también a respirar y, acto seguido, a cerrar los ojos. Su carne es jugosa y tierna Son fragantes y frescos y han ganado durante dos años consecutivos el premio a mejor tomate de España. Sé todo esto porque durante este confinamiento la fruta y la verdura que entran en mi casa tienen de pronto nombre propio: Ibiza Passion Fruit. Allí, además de nuevas amistades y parrafadas de dos horas al teléfono, me han puesto un apodo: «Montse la de los Raf». Me gusta este nuevo apelativo, muy merecido, por otro lado, ya que soy una fan declarada de sus tomates. Por eso, el jueves me retaron a probar esta nueva variedad de la que les hablo «para terminar de acariciar el cielo».

En este encarcelamiento hogareño en el que nos vemos sumidos, he de reconocerles que, pese a todo, estoy comiendo mejor que nunca, gracias a haber recuperado algo que no tenía: tiempo. Antes compraba todo en el supermercado. Sí que es cierto que intentaba que fuese producto local, o al menos balear, y criado en libertad. Pero ahora que he vuelto a comer fruta de frutería, carne de carnicería y pescado de pescadería de barrio, estoy recuperando sabores de mi infancia y sonrisas que había olvidado. Hoy, por ejemplo, me he merendado un tomate con sal, como cuando era pequeña y quería comer tantas veces al día que entre horas me daban a elegir exclusivamente entre hortalizas o fruta. He salido a la terraza y allí, arrullada por uno de los pocos rayitos de sol del día, he despachado ese tomate mar azul, en silencio, escuchando a los pájaros y pensando en los sabores que está adquiriendo esta distopía, idénticos a los de hace 30 años cuando los cogía directamente del campo en la finca de Mari la del Kiosko y los limpiaba con la camiseta antes de llevármelos a la boca.

Los huevos ibicencos, por su parte, me sorprenden con dos yemas en muchos casos y de nuevo veo a la niña que me habita guiñándome un ojo. Dice mi amiga Pilar que eso en Ibiza es augurio de riqueza, así que creo que saldremos de esta crisis reforzados, porque esta semana llevo ya tres sorpresas anaranjadas.

Ahora que tengo ese tiempo que había perdido, como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas o uno de los personajes de El Principito, vaya usted a saber en qué rincón o en qué momento, mi cocina huele a café por las mañanas y a ‘chup chup’ por las noches. Aromas que están haciendo este encierro más completo y más pleno.

RAE está encantada porque cada día disfruta de alguna cosita que le cae en su escudilla, aunque sea la piel del salmón a la plancha de ayer, que era de otro mundo, o las cabecitas de gambas de la caldereta con la que todavía me estoy relamiendo.

No es tiempo de ponerse a dieta ni de imponerse demasiadas restricciones, porque a veces morder simplemente un tomate azul recién salido de la nevera nos puede recordar el mundo que un día habitamos y que tal vez recuperemos cuando todo esto termine.

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