Bitácora de una distopía

Nariz pintada de rojo: Bitácora de una distopía por Montse Monsalve

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Ana y Eva me confesaron entre risas que mis vídeos en Instagram cantando durante el confinamiento les habían hecho acordarse de nuestros días bizarros en los que me perdieron un sombrero volviendo de Formentera en barco, cenas donde les imité por primera vez a Marisol y de las que no recordamos todo, ni falta que hace, y cumpleaños en los que me empeñaba en imitar a Marilyn Monroe. No son las únicas que me han recordado cómo me he pintado la nariz de rojo durante estos meses. Durante el confinamiento he hecho varios desnudos integrales sin darme cuenta y sin asumir las personas que los verían. Como los “robados” de famosas en nuestras playas, que se quitaban la parte de arriba del bikini de forma pactada con los medios para salir guapas y ganarse unas “perras”, pero sin saber realmente las portadas que venderían ni las cabinas de camiones que protagonizarían a partir de ese momento. Los cómicos, los periodistas, los escritores y los artistas no somos conscientes muchas veces del espectáculo que hay detrás de nuestros versos.

Esta bitácora, que comenzamos juntos sin imaginar en ningún caso que pasaríamos 91 días juntos y subiendo, nació como una manera de generar contenidos para este Periódico en el que llevo ya la friolera de 8 años escribiendo. Para el que no lo sepa, mi sueño desde antes de empezar la carrera era escribir novelas y artículos de opinión en algún medio que yo leyese todos los días, como Pérez Reverte, pero sin sufrir décadas en territorios comanches como corresponsal de guerra. Lo mío era más un paseo que una carrera sembrada de granadas como la suya, y por eso él escribe obras y columnas gloriosas y yo simplemente busco entretenerles con los pocos mimbres que tengo.

De alguna manera, y sin saber cómo, al final este confinamiento me ha regalado un “dos por uno”. El día 21 de junio de 2020, cuando el señor Pedro Sánchez nos anuncie que el estado de alarma se apaga y que podremos volver a nuestras rutinas sin abrazos y respetando las distancias, como los japoneses o europeos del norte cuando se encuentran, será el momento de decirles adiós, al menos de lunes a viernes, y de volver a mi cómoda columna dominical donde cada siete días suena una canción de Mecano. Entonces me pondré a recopilar esta bitácora de una distopía, con algún poema que otro intercalado, y a escoger las fotos que Érika, mi vecina, ha ido haciendo para ilustrarla, con un cuadro del gran Miguel Vallinas como portada. Por cierto, que eso de cantarle al miedo con mi karaoke durante el confinamiento se ha corrido como la pólvora y mi peluquera, los clientes con los que he vuelto a reunirme y conocidos de toda índole que me he ido encontrando en la desescalada también me han dicho entre risas que me han leído cada día, pero que lo que no conocían de mí era esa faceta de cantante de verbena, provocándome la vergüenza que no tenía cada noche al colgar una canción nueva interpretada con más ganas que talento. Hoy voy a borrar la mayoría para que no queden pruebas de mis gallos y posturas de artista nocturna, pero aun así dejaré las que forman parte de mí, o las que canté desde el corazón para templar el pánico que me provocaba cada tarde el confinamiento. Las cantaba siempre tras los aplausos. En muchos casos con la piel de gallina y aterida por la emoción mal disimulada, con el cuerpo destemplado y lágrimas en los ojos de impotencia e incertidumbre. Sensaciones que hemos aprendido a cabalgar ahora que nos hemos acostumbrado a no saber qué nos encontraremos al salir del todo al ruedo, si los turistas nos traerán el bicho y volveremos a la casilla inicial o si un nuevo brote nos hará pasar otro invierno solos y huecos. En ese caso tengan por seguro que si eso ocurriese volveré a cantar y a escribir porque, como decía Antonio Vega, será la única manera de espantar a los gigantes y de sortear las pesadillas, y porque las amarguras no son amargas cuando las cantamos a lo Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo.

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