A la izquierda, Juan Carlos Rodríguez Tur interviene en los ‘passos’ de Sant Miquel. | Irene Arango

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Son las seis de la tarde del miércoles, los obreros de la parroquia de Sant Miquel se deleitan decorando una de las casas santas más impresionantes de las Pitiusas. Con exquisito cuidado, incorporan cada adorno con simétrica precisión para que el afortunado que la contempla se vea obligado a contener la respiración.

Lina Serra des Racó capitanea junto con su marido Toni de s’Illeta el escuadrón de voluntarios (obreros) que acatan sus certeras indicaciones y que tienen como resultado la expresión de la Fe a través de los símbolos dispuestos. Una mesa soporta el cáliz del Maestro y doce copas, una de las cuales está vacía y tumbada simbolizando la vil traición y la debilidad del ser humano, capaz de anteponer la riqueza al amor. Pero treinta monedas de plata no fueron suficientes para vencer al verbo que se hizo carne y es por ello que dos mil años después, el Jueves Santo conmemora la Última Cena en la que Jesucristo celebró la primera eucaristía y lavó los pies a sus apóstoles demostrando que la grandeza no está reñida con la humildad.

Habiendo pasado la hora nona, los fieles se agolpan en el pórtico de la iglesia y se distribuyen por su nave central y por la capella de Benirràs, excluida la de Rubió al estar dedicada a la Casa Santa (antaño se ubicaba en una capilla de la nave central en la que se exhibe una imagen de la Virgen del Carmen). No cabe un alfiler y muchos feligreses se ven obligados a esperar en el pórtico. Tras dos años en los que la pandemia no ha permitido a los miquelers vivir su Jueves Santo, se respira una cierta calma tensa en esta tarde oscura. Todos quieren que la procesión se desarrolle sin mácula o error. El viento sacude las copas de los árboles, las nubes cubren amenazantes la escena y el frío presagia la muerte más dramática.

Una decena de fadrines del pueblo (portadores) se dejan ayudar por las más sabias a la hora de lucir las mantellines y se cobijan bajo su gruesa lana decorada con un ribete negro en algunos casos ornamentado con motivos florales. Indican que su colocación requiere cubrir completamente la cabeza y formar un pliego que se mantiene con agujas, debiendo las portadoras unir los extremos de la prenda con su índice y pulgar. Esta prenda es una muestra de duelo con la que acompañan a la Virgen María, portando su imagen por las XIV estaciones que se disponen en torno al Puig de Missa de Sant Miquel. Antaño eran veinticuatro las jóvenes que portaban la imagen. Las prendas más amarillentas manifiestan el peso de la historia y la tradición lo cual las embellece sobremanera, incluso algunas tienen más de un siglo. No en vano, es el único lugar de las Pitiusas que la han lucido con garbo desde tiempos inmemoriales.

Don Álvaro, recién nombrado párroco del pueblo que vive su primera Semana Santa entre portadores ataviadas con mantellina y cantadors, recita cada una de las escenas de la pasión que anteceden uno de los momentos más esperados por los más de doscientos de feligreses que afinan sus oídos: el canto de los Passos.

A este cura colombiano le llamó la atención la dificultad del canto que interpretan los cantadors y manifestó su gratitud por su participación. Para el párroco, la procesión «no es un show», sino que se trata de un momento muy serio en el que se fundamenta el mayor Misterio de la humanidad. En el s. XXI la humanidad ha olvidado la humildad, pero Jesús nos marca el camino con su ejemplo, indicándonos que el sendero de la Santidad pasa necesariamente por la humildad. También destacó muy positivamente la participación de las mujeres, alegando que no sólo «es imprescindible sino también muy positivo. Tanto hombres como mujeres hemos sido llamados al servicio de la iglesia».

Jueves Santo en Sant Miquel

Por su parte, para Don Pedro, diácono permanente de la Diócesis y responsable de recursos de Cáritas, vivir el Jueves Santo en Sant Miquel «fue fantástico, una tarde emocionante, una expresión de Fe muy devota que me puso los pelos de punta». Este mexicano de Chiapas (Tonalá) lleva 12 años en Ibiza. Según él «allí no hay procesiones, vivir lo de Sant Miquel y comprobar que todo sale del corazón es espectacular». Para él, hubo una «expresión de Fe no sólo de la iglesia sino del pueblo». Le sorprendieron los cantos que le trasladaron «a otra dimensión y a otra época; es muy impactante y profundo». Una de las curiosidades que no escaparon a su ojo curioso fue la satisfacción que manifestaban algunas portadores al poder acompañar de nuevo a la Virgen tras dos años de pandemia.

Los pasos de Semana Santa

Los passos son un canto gregoriano de origen medieval que nació a manos de los franciscanos y ha ido mutando con el paso de los tiempos. El único lugar de Ibiza que puede presumir de haberlos seguido cantando de manera ininterrumpida (salvo por la pandemia) durante décadas conservando su letra y melodía es Sant Miquel de Balansat, aunque también se cantan con otra letra y melodía en parroquias como la de Sant Vicent, Sant Joan, Sant Llorenç, Jesús i Sant Mateu.

Tradicionalmente eran cinco los hombres que los interpretaban, los cantadores debían ser solteros y cuando se predisponían a contraer matrimonio, debían buscar la voz que los sustituyera. Ahora, diez fadrins respiran al compás de los dos más veteranos: David de Can Maymó y Toni de Can Carreró quienes marcan el tono y el tempo de este canto ancestral que emociona hasta al más escéptico de los ateos. Les siguen siete jóvenes del pueblo: Juan Carlos de Can Joan den Pep Solaies, Damián de Can Toni des Clots Negres, Isaac de Can Carreró, Joan de Sa Torre, Toni de Cas Mestre Cova, Mariano de Can Mateu y Toni de s’Illeta. Su media de edad ronda los veinte años, lo cual augura muchos años más de Passos de Setmana Santa en Sant Miquel.

Mientras todos combaten el frío siguiendo el recorrido que bordea el sagrado montículo, la Casa Santa es custodiada por dos jóvenes armados con dos escopetas descargadas en otro alarde de respeto a una de las más antiguas tradiciones.

Tras haber discurrido por las estaciones relatando la Pasión de Cristo, los intérpretes forman un cículo bajo el pórtico de la iglesia para entonar uno de los momentos más emocionantes de la tarde: el canto del Amunt Germans, cuyo nombre oficial es en realidad Himne de la Perseverança. Esta obra es mucho más reciente (del siglo XX), su letra es obra del padre Ramón Bolós y su música fue compuesta por el padre jesuita Antoni Massana.

Es el último gran momento de la tarde, el silencio se apodera de Sant Miquel en un momento tétrico que pone fin a una jornada de Fe y emociones. En Si bemol mayor, los cantadores miran al cielo e inician el canto de una melodía que es interpretada magníficamente con pasión. Con este canto acaban manifiestamente satisfechos los herederos de la tradición que no pueden evitar sonreír ante los vítores y aplausos que les profiere un emocionado público que de este modo ofrece su gratitud.