Bullit de peix.

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A estas alturas sabemos perfectamente que con una mala cocina no se puede hacer buena política. La historia demuestra que la mayoría de dictadores acostumbran a ser gente vulgar, enemigos del placer y la ceremonia de la buena mesa. ¡El esnob plebeyo Hitler también prohibía fumar!

Y resulta curioso comprobar cómo muchos de ellos son estrictos vegetarianos. En el gusto exclusivo por las verduras se parecen a los gurús de tantas sectas, los cuales esclavizan la voluntad de sus acólitos con una dieta tirana que acaba dando un tono tristón y sumiso.

Afortunadamente la dieta celtibérica es de lo más variada. Y sus gustos omnívoros se extienden hasta las Pitiusas, que además tienen un esplendoroso pasado fenicio que aromatiza postres mágicos como el flaó.

Aquí siempre se ha sabido aprovechar el gran producto autóctono en su mejor momento, un verdadero lujo. Pero la masa de de gusto uniforme que paga sin rechistar amenaza cambiar las costumbres y bajar el listón, una aberración semejante al colorante con que demasiados daltónicos sustituyen al sagrado azafrán.   

Y en estos tiempos de disparada inflación y cuentas indigeribles, observo que regresa la división entre comida de ricos y de pobres, incluso a la hora bendita de preparar un bullit de peix. El sabroso artículo de Toni Planells es revelador con la diferencia de peces y sus precios y el tremendo debate a la hora de añadir patata. Pero la mayoría de cocineros y pescadores saben bien que son esos peces más económicos y espinosos los que mejor sabor dan.

El «Bien guisa la moza, pero mejor la bolsa», no es exacto. Y en la gastronomía pitiusa todo ha subido de precio menos la calidad, que ya era excelente.