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Hace unos días, Menchu, una de mis mejores amigas, me escribía un escueto mensaje de Wattshap en el que me decía: «Dudo que vuelva a Ibiza, amigo. Yo, desde luego que no. Nos veremos en la península».

Tres frases, duras, contundentes, que me dejaron hecho polvo pero que me hicieron reflexionar sobre cómo hemos llegado a esta situación. Ella vino a buscarse la vida con su novio David a la isla de Ibiza y en apenas dos meses han descubierto que desgraciadamente aquí no es oro todo lo que reluce. Que detrás de lo que se vende, se ofrece y se promociona a bombo y platillo en grandes y pomposas campañas también hay un trasfondo oscuro que no interesa mostrar durante estos meses post pandemia donde parece que lo único que importa es recuperar la economía perdida.

Fueron tres frases que me dieron de bruces con la realidad. Lo mismo que repasar nuestras conversaciones. En una me decía que después de un problema con su casero no pudieron encontrar una vivienda y ni siquiera una habitación digna a un precio razonable ya que llegaron a ofrecerles «una habitación por 80 euros el día o 500 a la semana». Que pasaron varios días con sus cosas en su coche y en el almacén del bar de un amigo… desesperados  y que, finalmente, no pudo «seguir tirada en la calle, sin opciones o pagando un riñón».

No es ni la primera ni la última persona a la que le sucede esto. De hecho en un tema recurrente que de vez en cuando sale en las noticias y lo comentan los políticos pero al que no se encuentra solución. Es más, los precios suben, las posibilidades escasean y siempre acaban perdiendo los de siempre mientras unos pocos se lucran a costa de unos muchos.

Pero estoy seguro que  a Menchu también se ha quedado «alucinada» al descubrir que hay masificación allá por donde vas, que llegar a cualquier rotonda supone aguantar colas interminables, que acceder a los centros de los pueblos con coche es casi imposible y que cuando aparcas tienes que pagar zona azul hasta las diez de la noche si no quieres arriesgarte a dejarte medio presupuesto de las vacaciones en algún aparcamiento privado. O que las normas de circulación son meramente orientativas porque todo el mundo las cumple como le da la gana.

Estoy seguro que también le encantó llegar a una playa, supuestamente paradisiaca, y encontrarse con que todo está colonizado por hamacas o que los barcos de empresas privadas llegan hasta la orilla con su insoportable música sin ningún tipo de respeto por los bañistas o el medio ambiente. O que una panda de turistas, puestos hasta arriba de todo tipo de sustancias, berrean y tiran todo tipo de mobiliario urbano a las cinco de la mañana a los balcones de pobres vecinos con niños pequeños, que pagan religiosamente sus impuestos mientras solo piden poder descansar unas horas más.

Por supuesto seguro que mi amiga comentará extasiada a sus sobrinos la maravilla que es hacer colas durante horas para encontrar un taxi, que el transporte público pitiuso es de los peores de España, que acceder todos los días a Benirrás es una locura o que una colilla mal apagada casi provoca un incendio de dimensiones colosales. Lo precioso que es pasear por la Marina de noche sin que quepa un alfiler y que tras horas en busca de una mesa la atención sea sencillamente mejorable. Incluso, comprobar que en muchos de los sitios que presumen de ser los más exclusivos y mejores de la isla es donde peor te tratan sin que se le dé importancia pendientes solo de subirlo a las redes sociales para que medio planeta sepa que se ha estado allí. O simplemente que, mientras en Ibiza hay muchos que hacen cola en Cáritas para recibir comida, otros las hacen en las puertas de los locales de moda sin reparar en lo que les costara una entrada porque al final la vida siempre ha sido cuestión de prioridades.     

Y todo a una velocidad inhumana. Porque aquí en Ibiza se va como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Sin control, de un sitio para otro sin importar a quien nos llevemos por delante, aplicando la máxima de minuto perdido euro perdido.

Una prisa y un estrés que ha provocado que yo no haya tenido ni un segundo para mostrar a Menchu que Ibiza también puede ser maravillosa. Que a pesar de que la isla se empeña en autodestruirse y morir de éxito aún hay pequeños lugares que, cual aldea de Asterix, siguen resistiendo al invasor.    Asumo mi culpa, pero Menchu te prometo que en algún momento te los enseñaré si me prometes no publicitarlos para que no nos los quiten. Y es que si una cosa aprendí en estos 13 años es que el lugar preferido de cada uno en Ibiza es el que no se dice en alto.