Jaime Pradilla levanta a hombros a Rudy Fernández tras la conquista del Eurobasket, ayer, en Berlín. | ALBERTO NEVADO

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Tiene 37 años y el cuerpo magullado por todos lados. Cuando le ves fuera de la cancha te dan ganas de darle la mano y un bastón para que cruce la calle. Pero también un corazón de hierro y un espíritu competitivo a la altura de los grandes que le convierte en un animal cuando pisa la cancha. Así es Rodolfo Fernández Farrés, Rudy, un tipo que cuando deje el deporte tendrá un lugar reservado en el Olimpo del baloncesto nacional (ya es el jugador con más internacionalidades) y de nuestro deporte.
No ha sido un campeonato cualquiera para Rudy.

El mallorquín ha asumido el liderazgo de una selección que ha ido perdiendo eslabones en los últimos tiempos. Las bajas de Ricky y Sergio Llull acrecentaron el sentimiento de orfandad de la era postGasol. España se presentó al Eurobasket a verlas venir. A hacer un buen papel. Sin ninguna expectativa. Caer en los cruces con honor y para casa... Pero eso no va con el espíritu de Rudy, que suma once medallas.

La charla (bronca) que dio en el descanso del partido ante Finlandia, en el que España caía de paliza, marcó un punto de inflexión. Rudy ha crecido en una generación acostumbrada a ganar y ha sido ese espíritu, además del recuerdo de su padre Rodolfo –muy querido en el grupo y fallecido tras una larga enfermedad–, el que ha permitido a la selección levantar situaciones límite. Con Rudy como capitán y líder de una generación que ha hecho trizas todos los pronósticos con su cuarto Eurobasket cuando nadie daba un duro por ellos. Así es Rudy.