Imagen de Formentera. | ElisaRiba

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Formentera tiene una única carretera que recorre la isla de punta a punta. Pasado el desvío del Riu La Mola se inicia el ascenso al núcleo urbano de el Pilar de la Mola y la vía se convierte en una tortuosa carretera, no especialmente ancha, con muchas curvas que obligan a la precaución en la conducción. La circulación en este tramo es una delicia en invierno, con unas vistas espectaculares.

Otra cosa es cuando la temporada turística está en su cúspide y se parece más a una carrera de obstáculos. Un punto especialmente peligroso es el del mirador, un lugar privilegiado desde el que observar la silueta de la isla y especialmente bello en la puesta de sol.

A pesar de contar con un bar y una estupenda terraza desde la que observar el paisaje, además de otras zonas habilitadas a tal efecto, diariamente decenas de motos y peatones se agolpan peligrosamente en el inexistente margen de la carretera, ignorando el enorme peligro al que se exponen.

Los que conocemos ese punto tomamos especial precaución, pero algún día habrá una desgracia.

Ayer domingo fui testigo de una situación de lo más grotesca: un tipo estaba literalmente en medio de la calzada lo que me obligó a parar el coche, en una zona de escasa visibilidad y con el consiguiente riesgo de recibir un impacto trasero. Al bajar la ventanilla para invitarle a apartarse, el tipo me increpó: «Un momento, estoy haciendo una foto». Educadamente, le dije que había otros ángulos para fotografiar y que no podía parar el tráfico; su respuesta no se hizo esperar: «Espera, que hago dos más y ya me aparto».

Pues nada. Allí me quede esperando a que el señor culminase su momento creativo, mientras cuatro coches más que, por fortuna, me vieron detuvieron su marcha y una moto despistada nos adelantó ajena a la proeza fotográfica del tipo del bañador naranja. Y así, todos los días.